Espontáneos musicales

Al principio de la temporada de conciertos de la Orquesta Sinfónica de Galicia expresé aquí mi malestar por la política de venta de entradas y abonos a los conciertos. Esa política ha dado como resultado que este año asistiera a pocos conciertos, supeditado a la disposición de entradas o a que pudiera conseguir alguna en el último momento. (Espero que no me pase lo mismo con el Festival Mozart que empezará el 5 de abril).

Uno de ellos fue el del pasado viernes, penúltimo programa de temporada, dedicado en exclusiva a Shostakovich: el fabuloso Concierto para violonchelo nº1, con Truls Mork de solista, y la interminable, plana y por momentos soporífera Sinfonía nº7 “Leningrado”. Un programa muuuuuy, muuuuuy laaaaargo (la sinfonía dura más de hora y cuarto ella solita) que no deberían repetir, y menos con músicas poco contrastantes en estilo. Vamos, que chapeau para el concierto de cello y un ronquido para la sinfonía.

Otra característica de la velada fue la aparición de numerosos espontáneos musicales que saltaron al ruedo de nuestros oídos. Yo creo que será mejor que les explique alguno de los tipos de espontáneo que pudimos “disfrutar”:

  • Espontáneo tipo 1: También llamado en el mundo académico espontáneo “Cof-cof”, se trata de aquella persona cuyo organismo no está pasando por sus mejores condiciones de salud, habiendo agarrado un catarro de padre y muy señor mío, o bien un persistente tic nervioso en su garganta para carraspear cada minuto o cada 20 compases, lo que suceda antes. El concierto debió coincidir con una reunión de este tipo de espontáneos, palabra: mismo lugar, misma día, misma hora.
  • 20060176
  • Espontáneo tipo 2: El nombre científico de este ser vivo (que dan ganas de hacer que deje de vivir) es Homo asapiens, debido a su incapacidad para razonar o realizar cualquier tipo de proceso deductivo simple.

    Estos días en los que llueve cada 5 minutos, es normal coger un paraguas, por eso de que el ser humano (más bien sus antepasados evolutivos) dejó las aguas hace ya muchos millones de años. Esto también es cierto para el Homo asapiens; al igual que al resto de los homínidos, le molesta mojarse. Ambos al entrar en el Palacio de la Ópera (un nombre un tanto pretencioso, pero es el que tiene), cierran sus paraguas, buscan sus localidades y se sientan.

    Hasta ahora, los genes han provocado comportamientos iguales. Ah, pero ahora se produce un diferencia: mientras que el Homo sapiens deja su paraguas tumbado en horizontal en el suelo, el Homo asapiens lo deja en posición vertical, apoyándolo contra otra localidad, ignorando por completo que esa posición constituye un evidente equilibrio inestable. Como tal, al cabo de un rato algo perturba el entorno próximo del paraguas y, ¡zas!, cae al suelo, oyéndose claramente en la sala y haciendo que el tipo del oboe pegue un respingo.

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    Un Homo sapiens, ante el experimento físico que ha presenciado, hubiera deducido que el paraguas debería estar tumbado, aplicando el Colorario de López, que dice: “Déjalo en el suelo, que de ahí no cae”. Pero el Homo asapiens no, es bastante tozudo en temas que requieran cierta energía neuronal, así que vuelve a colocar el paraguas en equilibrio inestable.

    Pasan unos minutos más y el aleteo de una mosca provoca una turbulencia en el aire que vuelve a tirar el paraguas al suelo. Ahora el timbalero se ha llevado tal susto que la baqueta se le ha escapado de la mano izquierda y ha salido volando hasta que, después de una interesante parábola, ha aterrizado en el interior de una tuba. Nuestro Homo asapiens, se está divirtiendo, así que, ¿qué mejor que volver a poner el paraguas en vertical?

    Por cierto, ayer también pareció coincidir el concierto con una convención de Homos asapiens, a juzgar por la cantidad de caídas de paraguas, una especie de otoño paragüil.

  • Espontáneo tipo 3, que yo he dado en bautizar espontáneo “miau-miau-miau”, en homenaje a los pensamientos de Homer Simpson cuando no hace ni puñetero caso a lo que alguien le está diciendo.

    Esto va por la señora sentada al lado de mis amigos Isabel y Quique, en cuya compañía pude disfrutar y sufrir el concierto. Ellos ya están acostumbrados a sus compañeras de butaca y, resignados, han dado la batalla por perdida, pero yo, como voy sólo de vez en cuando, todavía me hierve la sangre con sus vecinas.

    El viernes una de ellas tuvo a bien dedicarnos un espectacular recital de “toque de programa”, que consiste en tener las manos apoyadas en el programa de mano que te dan a la entrada y obstinadamente darle golpecitos y elevar las puntas de las páginas para dejarlas caer en un sonoro “ris-ras”. Yo estuve a punto de decirle (no se olviden que estaba a tres butacas de distancia) que el ritmo ya lo llevaba el director, que su contribución personal de verdad que no era necesaria; pero como en otra ocasión mi sarcasmo no fue entendido, opté por una advertencia más directa. Da igual, la tía me miró y ni caso, siguió dando la vara con el programita erre que erre durante muuuuuuuucho tiempo. Hizo como Homer: en su mente solo oía “miau-miau-miau”.

  • 20060178
  • Espontáneo tipo 4, que es conocido por su nombre más popular, “El glucosas”, debido a su tremenda afición a engullir caramelos sin descanso. Para describir los efectos de este sujeto, un ejemplo sonoro vale más que mil palabras. Aquí tienen el momento del final del 2º movimiento del Concierto para violonchelo nº1 de Shostakovich en que los armónicos del cello y los sonidos de la celesta y los primeros violines dibujan un paisaje sonoro irreal como salido de un sueño.

    Pasaje del final del 2º movimiento (MP3 – 00:43 – 212 Kb)

    Y ahora el mismo pasaje con “El glucosas” en acción:

    El mismo pasaje, con ruido de caramelos (MP3 – 00:43 – 213 Kb)

    ¿Por qué no traerá la gente caramelos envueltos en papel que no haga ruido o en un paqueño pañuelo? ¿Por qué esperan a que la música entre en un pasaje en pianissimo? ¿Ganas de protagonismo o será que quieren boicotear al solista? ¿Qué les pasa que no pueden estar 3 minutos de su vida sin comer caramelos? ¿Acaso son hipoglucémicos? ¿Es que no pueden simplemente escuchar?

  • 20060179

Como ven, el concierto estuvo de lo más animado. Luego dicen que la música clásica es aburrida y que la gente no participa en los conciertos… ¡JA!

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Categorías: Música

2 comentarios »

  1. Ferre, los de los caramelos son los mismos que tosen, lo tengo comprobado. Cuando no tosen, chupan caramelos.
    En el Palau de la Música Catalana pasa lo siguiente: la gente no tose mientras dura la música, pero tose toda ¡TODA! a la vez en cuanto ésta termina, acabando así, casi apocalípticamente, con toda posible ensoñación. Esto ocurre siempre, y es algo que nunca he podido entender ¿Por qué tosen todos cuando se deja de oír la música si durante la ejecución de la misma han estado calladitos? Misterios de lo insondable.
    Abrazos.

  2. Es evidente, Gabriela, está escrito en el último compás de la partitura, donde el compositor de turno añadió la siguiente indicación: subito, molto acatarratto ;-)

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