Si eres uno de los mejores instrumentistas del mundo es lógico que constantemente estés buscando nuevos desafíos. A finales de los años 70 James Galway, uno de los más grandes flautistas de la historia, busca esos desafíos en, entre otros sitios, la música de Joaquín Rodrigo. Concretamente se saca de la manga un arreglo para flauta de uno de sus conciertos para guitarra y orquesta, la Fantasía para un Gentilhombre (1954), con la aquiescencia del compositor saguntino, y luego encargándole un concierto para flauta.
Puede que Galway quisiera que Rodrigo le regalara un superventas universal como el Concierto de Aranjuez (1939) o simplemente vio que el compositor era capaz de hacer excelentes obras concertantes en las que los solistas brillaban como supernovas y, a la vez, la orquesta era tratada exquisitamente en unas músicas deliciosamente hermosas y accesibles a todo el público.
En 1978 Joaquín Rodrigo ya había compuesto casi todo su corpus concertante (el Heroico para piano, el Galante para violonchelo, el de Estío para violín, el Madrigal para dos guitarras,…), así que supongo que Galway sabía bien lo que se hacía.
Joaquín Rodrigo
Ya saben que los conciertos suelen ser una oportunidad para el lucimiento del solista. Este no iba a ser menos, pero el irlandés le pidió algo más: un concierto endiabladamente difícil (según la leyenda, tan difícil que sólo pudiera tocarlo él, leyenda que pudiera ser cierta si la interpretamos bajo el contexto del carácter bromista de Galway). Rodrigo tenía ante sí un enorme reto: adaptar su música de texturas cristalinas a media voz y su amor por el folklore al apabullante virtuosismo de Galway. Y de allí salió uno de los mejores conciertos para cualquier instrumento que haya parido compositor alguno: el Concierto Pastoral para flauta y orquesta, estrenado por Galway el 17/10/1978 en el Royal Festival Hall londinense acompañado por la Philharmonia Orchestra, dirigida por el mexicano Eduardo Mata.
James Galway
El primer movimiento, Allegro, resulta tan extraño como sorprendente. No parece que en ningún momento la flauta se dedique a tomar decididamente las riendas melódicas de la música; Rodrigo coge el carácter alegre y saltarín del instrumento y lo potencia, haciéndolo bailar alrededor de una orquesta casi de cámara que entra también en ese juego. Pizzicatos, staccatos y rapidísimos saltos interválicos que son ejecutados por todos en una música que avanza con un trote constante. Esos saltos constantes, a distancias tanto cercanas como lejanas se convierten en una miríada de gotas sonoras que caen sin apenas descanso para el solista y constituyen un considerable desafío técnico.
Oigamos el principio del movimiento, en el que, después de un amago de minifanfarria a cargo de la propia flauta y la trompeta, la primera comienza su andadura con un primer tema que avanza saltando sobre el pulsante ligero pizzicato de las cuerdas que mantiene ese paso al trote. Rapidez, velocidad y un sensación de ligereza extrema se apropia de la obra desde el inicio.
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Poco después, dentro de ese juego, la flauta se las apaña para avisarnos con algo que es el embrión del segundo tema del movimiento.
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La verdadera exposición de este segundo tema no la hace la flauta, sino la orquesta, a la que el solista simplemente va respondiendo. Dicho segundo tema es todo lo contrario que el primero para contrastar con él: donde el primero saltaba incesantemente, el segundo se mueve casi siempre paso a paso, donde el primero era agotadoramente veloz, el segundo es alegremente tranquilo… aunque ambos comparten un carácter pastoral que Rodrigo se molestó en dejar bien patente en el título.
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En un momento dado Rodrigo coge la máquina del tiempo y se traslada a 1929 para recoger el característico sonido que proporcionaban los intervalos en los metales de la Giga de sus Tres Viejos Aires de Danza
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Luego cose entre sí esos tres elementos y con ellos finaliza el movimiento, dándole un breve pero merecido descanso al flautista.
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El segundo movimiento, Adagio, está al nivel del justamente famoso Adagio del Concierto de Aranjuez. Se divide en tres partes, aunque la tercera no es más que una repetición muy recortada de la primera.
La primera parte tiene el carácter de una nostálgica música nocturna, cuyo tema a su vez se divide en dos partes: una elevándose en un arpegio que cierre una nota en descenso, que se repite y luego enlazándolo con un tímido descenso también en arpegio que al final completa en la nota de la que partió.
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Este ambiente nocturno queda acentuado por la ligazón de todas las notas (atrás quedan los pizzicatos y toda su parentela) y el posterior empleo de melismas arabizantes, que la flauta ejecuta la mar de bien gracias a su agilidad.
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Como segunda parte del movimiento Rodrigo inserta un Scherzo, esto es, un movimiento más alegre y juguetón, que contrasta en carácter con el relax en que ha discurrido el movimiento hasta el momento. Esta parte también está también dividido a su vez en otras dos. La primera refuerza el contraste de forma palmaria, ya que la flauta se disfraza de corneta militar y la frase que expone pasará a los demás instrumentos de la orquesta. Aquí tienen su comienzo:
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La segunda no reduce el contraste y se instala en un ritmo más andante, casi de paseo por un soleado campo, a lo que contribuye el despreocupado floreo que realiza el instrumento solista:
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Posteriormente aparece brevemente, como ya indiqué, el adagio inicial para cerrar el movimiento con la misma calma con que empezó.
La denominación del tercer y último movimiento es Rondó (Allegro). El rondó es una forma musical en la que una parte principal se va repitiendo a lo largo del movimiento a modo de estribillo entre otras partes distintas de ella (y entre sí). Si llamamos A a la parte que se repite y utilizamos las otras letras para las demás, la forma del rondó será ABACADA.
Después de una breve introducción que finaliza con la flauta emitiendo un trino, comienza el estribillo:
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Como ejemplo de las partes intermedias (las que no son el estribillo), aquí tienen una muestra.
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A pesar de que el rondó es una forma musical que aprecio bastante por su sencillez y apego a la danza popular, no puedo evitar creer que no está suficientemente explotada en este tercer movimiento, haciendo que no esté a la altura de los dos primeros. No es que sea un mal movimiento… es que los dos primeros son extraordinarios.
A pesar de ello, en mi humilde opinión, el Concierto Pastoral sigue siendo uno de los mejores conciertos de la historia, de inequívoco sabor “rodriguiano”, luminoso, brillante, una delicia para el público y, sin duda, uno de los mayores retos a los que se puede enfrentar un flautista.
Les dejo con un enlace en Spotify de este maravilloso concierto a cargo de Sharon Bezaly y la Orquesta Sinfónica de Sao Paulo dirigida por John Neschling que tiene un tempo un poquito más acelerado de lo que me gustaría en el primer movimiento y es un tanto plana en el Adagio, pero se puede escuchar (la otra versión disponible es la de Lisa Hansen, que dejé en silencio después de un par de minutos debido a sus ataques muy poco limpios y definidos).