En la Alemania recién derrotada de la Segunda Guerra Mundial, aparte de los famosos Juicios de Nüremberg, se llevó a cabo un proceso denominado desnazificación por el que las potencias vencedores trataron de erradicar las ideas y actitudes impuestas por 12 años de férreo régimen nazi. Esta desnazificación estaba dirigida tanto a instituciones como a personas.
Es indudable que los nazis no hubieran podido llevar a cabo las atrocidades que realizaron sin el apoyo popular que acumularon. La sociedad alemana fue, en este sentido, también culpable. Y como la sociedad la componen individuos, éstos ha de tener cierto grado mayor o menor de culpabilidad en su propio ámbito personal . Por supuesto, no me olvido de la responsabilidad de la comunidad internacional en los años previos y posteriores a la subida al poder de Hitler y sus secuaces… pero esa es otra cuestión.
La desnazificación trató de determinar el grado de colaboración de miles de personas de diferentes profesiones con el régimen nazi. ¿El acusado había sido miembro del partido? ¿Su ideología era o rozaba la mantenida por los nazis? ¿Colaboró activamente con el régimen o simplemente fue un ciudadano más que intentaba sobrevivir sin adherirse al partido?
Son preguntas que no tienen fácil respuesta. En una dictadura como la que dominó Alemania durante esa década, cuya penetración en la sociedad era enorme, es difícil que los ciudadanos no estén en contacto con las miserias provocadas por ella. No todos pudieron exiliarse. Otros simplemente no quisieron hacerlo y sí en cambio permanecer en su patria; unos apoyando al régimen, otros en la sombra, intentando frenar las barbaridades en la medida de lo posible.
Las investigaciones emprendidas dentro de los procesos de desnazificación se encargaron de valorar las circunstancias personales de cada individuo y declararle o bien colaborador y, por lo tanto, prohibirle la participación activa en la sociedad de posguerra (normalmente, denegándole el permiso de trabajo), o bien inocente de haber apoyado al régimen nazi.
El mundo de la música no fue especialmente sacudido por la desnazificación, si bien el proceso llevado a cabo contra Wilhelm Furtwängler, considerado el mejor director de orquesta del mundo y la principal figura de la vida musical alemana, ha sido motivo de gran polémica. Respecto a dicho proceso pueden leer un esclarecedor artículo de Roger Smithson en la web de la distribuidora española Diverdi. El dossier, cuyo objetivo es refutar una supuesta conspiración aliada liderada por los americanos para que que el director alemán no volviera a dirigir, da los datos necesarios y ofrece la obligada bibliografía.
Si quieren acercarse al tema desde otro ángulo, pueden ver la película del húngaro István Szábo Réquiem por un Imperio (Taking Sides, 2001), que desgraciadamente creo que no está editada en España. Basada en una obra de teatro del británico Ronald Harwood, está interpretada por un magnífico Stellan Skarsgard en el papel del director alemán y por un correcto Harvey Keitel a cargo del oficial americano encargado de su caso, el cual recrimina al músico su pasividad ante la utilización que de él y su orquesta (la Filarmónica de Berlín) hizo el régimen nazi y, más concretamente, su Ministro de Propaganda Joseph Goebbles.
Furtwängler siempre se defendió de las acusaciones argumentando que ayudó a músicos judíos, se posicionó en contra del ostracismo a ciertas obras y compositores (Felix Mendelssohn o la ópera Matías el pintor de Hindemith, cuyo libreto trata precisamente la relación entre arte y poder) y se ocupó de que la cultura musical alemana bajo el nazismo no desapareciera, si bien hay que puntualizar que el concepto de “cultura musical alemana” se aplicaba al repertorio tradicional, esto es, Beethoven, Wagner, Bruckner, etc. Su caso fue muy discutido y dió lugar a opiniones de todo tipo, desde el duro reproche del director Arturo Toscanini a la declaración a su favor del violinista Yehudi Menuhin A finales de mayo de 1947 terminó su particualr purgatorio y pudo volver a su cargo al frente de la Filarmónica de Berlín

Relacionado con el “caso Furtwängler” y la desnazificación, ha sido editado por el sello ArtHaus el pasado febrero (y esta vez también en España) un DVD documental de Enrique Sánchez Lansch titulado Das Reichsorchester (La Orquesta del Reich), en el que se profundiza en el papel desempeñado por la Orquesta Filarmónica de Berlín durante el régimen nazi, con testimonios de algunos de los miembros de la orquesta de aquella época y que todavía viven (y algunos posteriores). Por cierto, llama la atención la ausencia de directores de orquesta (de la época o actuales), bien de la propia Filarmónica, bien de otras orquestas alemanas.
El documental no parece posicionarse claramente. Es cierto que hay momentos en que deja entrever que la posición del artista que no se preocupa de la política y sólo sirve a su arte es una posición hipócrita, puesto que los artistas, como el resto de los hombres, no son islas aisladas en el Universo… pero no va más allá del mero apunte. La verdad, no sé si en este caso esto es una virtud o un defecto. En todo caso, un documental recomendable por lo que tiene de testimonio sobre el papel del arte en las dictaduras.

Por último, aprovechando mi último pedido a Amazon, he comprado un libro en el que se habla precisamente de las vicisitudes del mundo de la música durante en la Alemania nazi; lo ha escrito Michael H. Kater y se titula The Twisted Muse (algo así como La Musa Retorcida o La Musa Tergiversada). Todavía no lo he empezado a leer, así que no puede darles mi opinión, pero espero que me cuente más cosas acerca de este interesante tema y de otros relacionados como son la gran cantidad de músicos exiliados (Schoenberg, Hindemith y Krenek entre ellos), los que, como Furtwängler, permanecieron en el país y, por uno u otro motivo, establecieron ciertas ambiguas relaciones con el poder (Orff y Strauss) o los que fueron asesinados (Haas, Krása o Ullman), el empleo propagandístico de las instituciones o la nefanda exposición sobre Música Degenerada (Entartete Musik), celebrada en 1938 en Düsseldorf, secuela de la que se pudo ver en Munich (cuna del partido nazi) el año anterior sobre Arte Denenerado (Entartete Kunst).
