El gajo nº21
Desde luego, lo que hay que ver. Uno pensando lo bien que está el final de la película La Naranja Mecánica (A Clockwork Orange, 1971, Dir: Stanley Kubrick), cuando Alex vuelve a su naturaleza salvaje después de de pasarlas putas con el método Ludovico, para luego leer el libro de Anthony Burgess en que se basa la película y, el autor, en su prólogo, nos advierte de que al film le falta el último capítulo: el nº21.
Al principio pensé que era el típico rebote de escritor de novela adaptada al cine. De purista que ve mancillada su obra. Lo de siempre, vaya. Pero hete aquí que no, que la cosa es más extraña.
Cuando en 1961 Burgess estaba negociando su publicación en EE.UU., a su editor neoyorkino no le parecía adecuado el último capítulo, el nº21, en el que pasados unos años desde su “recuperación”, Alex descubre que, al crecer, ha perdido el gusto por la violenta vida que hasta ese momento llevaba y que ahora se preocupa por otras cosas, como el trabajo y la familia, en el que sus gustos musicales han cambiado e, increible, es capaz de disfrutar de una caliente taza de te con leche cuando en el pasado lo que añadía a la leche no era precisamente te, sino todo tipo aditivos psicotrópicos. En definitiva, el paso al mundo adulto cambia radicalmente su óptica y deja de ser el salvaje que era antes. Alex explica lo que era ser joven en su particular idioma, el nadsat (una jerga de raíces rusas inventanda por Burgess), algo que era incapaz de comprender antes; ha necesitado alejarse en el tiempo para cambiar su perspectiva:
Sí sí sí, eso era. La juventud tiene que pasar, ah, sí. Pero en cierto modo ser joven es como ser un animal. No, no es tanto ser un animal sino uno de esos muñecos malencos que venden en las calles, pequeños chelovecos de hojalata con un resorte dentro y una llave para darles cuerda fuera, y les das cuerda grrr grrr grrr y ellos itean como si caminaran, oh hermanos míos. Pero itean en línea recta y tropiezan contra las cosas bang bang y no pueden evitar hacer lo que hacen. Ser joven es como ser una de esas malencas máquinas.
Nota: melenco = pequeño; cheloveco = persona, individuo; itear = ir
Además de dar un giro de 180º a la vida del personaje, ese capítulo nº21 estaba integrado en la estructura numérica de la obra, ya que, como explica Burgess en el prólogo, 21 era en aquel entonces la edad a la que se podía ejercer el derecho al voto y, por lo tanto, la responsabilidad social del individuo daba un salto de gigante.
En fin, el caso es que el editor americano dijo que nones: “Reconozco que eres un británico y fuera de aquí tienes un pragmático conocimiento de lo que los americanos sabemos. Somos más duros y estamos más preparados para un final con un sentido duro y violento”. Al fin y al cabo, en una época como la de principios de los 60 lo de integrarse voluntariamente en el sistema, como hacía Alex en el capítulo nº21, no estaba en consonancia con los tiempos, quedando mucho mejor, a su criterio, cercenar esas páginas y dejando vencedor al Alex adolescente, pasional y salvaje. Burgess, como él mismo dice, tenía que comer, así que aceptó y consecuentemente la edición americana de La Naranja Mecánica contenía un capítulo menos que el resto, incluida, claro está, la británica.
Pero, ¿y la película? Fácil: el libro que leyó Kubrick fue, ¿adivinan?, la edición americana. Así que el guión y por lo tanto la película termina donde terminaba aquélla: en el capítulo nº20, con Alex adolescente triunfante sobre Ludovico y el sistema. No sé a ciencia cierta si Kubrick conocía la ausencia del capítulo nº21, pero sabiendo lo concienzudo que era en cuanto a análisis y documentación, considerando que la novela fue publicada en 1962 y la película se estrenó en 1971, y que Kubrick vivía en Inglaterra, me hace pensar que la omisión en el film fue premeditada.
Ahora cada uno puede pensar lo que quiera respecto a qué final es mejor: el original de Burgess o el de la película de Kubrick (basado en la edición americana aprobada por Burgess). A mí, lo que me parece más interesante del caso es que ambas obras, el libro y la película, funcionan perfectamente. El capítulo nº21 tiene una función moral… igual que su supresión, pero bien se puede construir un buen libro (como el de Burgess) o una buena película (como la de Kubrick) con cualquiera de ambas opciones, ya que la calidad, a Dios gracias, no depende de la moralidad o de la falta de ella, sino de elementos puramente artísticos, elementos que ambas obras, libro y película, poseen sobradamente.


Nunca leí la novela, porque me gusta tanto la peli…ya sé que es un absurdo. Es una de las obras maestras del maravilloso y picajoso Kubrick. También adoro A Barry y no he leído el original de Thackeray…¿asignaturas pendientes?
Abrazos.
Gabriela: Yo creo que bien se pueden disfrutar ambas cosas; en general cualquier película y libro/relato/obra en la que se base o inspire. Eso sí, no cabe duda de que se corre un cierto riesgo: puede que el libro decepcione o que la que película luego no nos parezca tan buena (por ejemplo, algunas cosas que pensamos que eran aciertos del film, resulta que ya lo eran del libro).
Obviamente, no todos los libros atraen por igual a la misma persona. Quiero decir que a mí me pica la curiosidad de leer La naranja mecánica o Despachos de guerra, de Michael herr (origen de la película La chaqueta metálica) y, en cambio, no me da por leer El Padrino de Mario Puzo (y eso que el film es uno de mis favoritos). Aquí, como en botica, hay de todo.
De todas formas, con La naranja mecánica me ha pasado como, por ejemplo, con El nombre de la rosa, que película y libro, aun distintos, me parecen excelentes.
Por cierto, coincido con lo de Barry Lyndon. Puede que la mejor película de Kubrick, y sólo digo “puede” porque según el día, pondría también a 2001, a La naranja mecánica o incluso a El resplandor (que sé que a mucha gente le parece fallida… pero vamos, ya les gustaría a muchos fallar así, digo yo).
Saludos,
Ferre