El dirigible
Hará cosa de un mes me compré el DVD de Blade Runner (Blade Runner, 1982, Dir.: Ridley Scott), que he venido postergando mucho tiempo debido al caos de versiones con que nos han inundado (y que cada cierto tiempo nos intentan colar como si fuera la definitiva). Un caos que, en comparación, hace que el que normalmente existe con las sinfonías de Bruckner sea un juego de niños.
Al final he optado por la versión del director de 1992. Para entendernos: la que no tiene voz en off e incluye el sueño del unicornio. Esta versión podría llegar a ser la final… pero la final de verdad.
Cuando le quitaron la voz en off yo era de los que puso el grito en el cielo, despotricando contra la desaparición de ese recurso narrativo. Cuando el film salía en alguna conversación ahí estaba yo dando la chapa abogando por la versión estrenada en cines en 1982.
Lo que pasa es que el tiempo puede hacernos cambiar de opinión sin que nos demos cuenta, así que décadas después comencé a apreciar la versión de 1992 y, vaya, a día de hoy me parece superior a la que yo en su momento consideraba inmejorable. Lo que son las cosas.
Hace un par de semanas me puse el DVD que compré y volví a las calles del Los Ángeles de 2019 y hay una escena que me me sigue gustando tanto como el primer día: la del dirigible que anuncia los viajes a los mundos exteriores.
En realidad es en tres escenas en las que esa enorme nave cruza el cielo nocturno entre los rascacielos mostrando las bondades de la vida fuera de esa contaminada y deprimente Tierra con un fondo de música japonesa que parece sacada de una obra kabuki.
La película está llena de momentos fascinantes, pero a mí me hace tilín esa fantasmal aparición del dirigible que le recuerda a los personajes de la historia y el resto de habitantes de la ciudad (y, por extensión, puede que al propio espectador) que más allá quizás haya lugares mejores que éste.
