Hace poco he estado de vacaciones (y no pecaré de falsa modestia: muy, pero que muy merecidas). Entre otros sitios, estuve en Londres, donde lo primero que hice, al día siguiente de llegar, fue ir al Museo de la Ciencia (Science Museum), que está en South Kensington, pared con pared con el Museo de Historial Natural. Sé que a la mayoría le llama más este último, pero como es más parecido a uno de mis favoritos de Madrid (el Museo de Ciencias Naturales), prefería ver algo distinto. Y acerté. De pleno.
Museo de la Ciencia, South Kensington, Londres
Para entender mi entusiasmo antes debo explicar mi visión de los museos científicos. Hoy en día, este tipo de museos se han convertido en grandes laboratorios. Hay multitud de experimentos mejor o peor diseñados que lo que intentan es explicar al visitante el por qué de las cosas, los fundamentos físicos, químicos o biológicos de ciertos comportamientos.
Estos experimentos están pensados para todas las edades y todo tipo de personas, lo que es una desventaja. Lógico, no es lo mismo explicar el Ciclo de Carnot a una persona con conocimientos de física que a alguien a quien eso le suena a chino. Porque la ciencia implica cierto conocimiento previo. Hombre, puedes atisbar algo del por qué, pero si no estás “en el ajo”, es complicado que logres entender la “chicha”.
Por otra parte, la conservación de los experimentos suele ser mala. Esto es debido a la cantidad de gente que los usa, claro. Vamos, que la cuarta parte de ellos no funciona.
Para mí, un museo científico no debe tratar de explicar la ciencia. Para eso ya están las escuelas y, con suerte, sus laboratorios. De la misma forma que vamos al Museo del Prado y no nos explican la teoría de los colores y cómo mezclarlos, ni la técnica para preparar un lienzo o para enmarcarlo posteriormente. Eso se puede enseñar sin ningún problema en otros sitios ajenos al museo. Lo que no tienen en esos sitios es Las Meninas de Velázquez, La familia de Carlos IV de Goya o El Jardín de las Delicias del Bosco. El Prado está para eso, para enseñarnos los cuadros, para que ante ellos reflexionemos o simplemente los admiremos (o detestemos). Es una suerte de enseñanza pasiva, ya que sólo el hecho de verlos hace que algo aprendamos, aunque sólo sea un poquito (muy bestias hemos de ser para no hacerlo). Por otra parte, como cualquier objeto histórico, infunde cierto respeto llamémosle histórico y además nos transmite cierto conocimiento de la vida en otros tiempos. Así que el Museo del Prado es, además de una pinacoteca, un museo de Historia.
El Museo de la Ciencia de Londres camina por la misma senda: enseña los objetos científicos de las diferentes épocas que han ido reunión poco a poco, con mucha paciencia. Y, créanme, es muy distinto hablar sobre la máquina de vapor y ver una de verdad construida por el mísmisimo James Watt en 1788. Muy, pero que muy distinto.
Máquina de Vapor construida por James Watt en 1788 (Museo de la Ciencia, South Kensington, Londres)
Verla delante de uno, pasear alrededor de ella examinando sus piezas a la vez que leemos los carteles que hay a su lado en que nos explican cuándo se construyó, quién lo construyó y dónde se utilizó, además de decirnos qué innovaciones aportaba, es una verdadera delicia y nos hace comprender no sólo la parte científica, sino también aspectos de la vida cotidiana de finales del S.XVIII y principios del XIX. Además de enseñarnos la evolución de la Ciencia y la Tecnología, nos enseña Historia.
Que no haya experimentos no quiere decir que no se expliquen las cosas. Se hace a través de placas, carteles o de alguna animación por ordenador. Pero los responsables del museo tienen muy claro que aquí eso no es lo importante, que de eso ya se ocupan los profesores y los libros. Saben que el museo es el único sitio donde los visitantes podrán contemplar aquellos objetos científicos de los que han oído hablar y que o bien no se utilizan o son inaccesibles para la gente de la calle.
A continuación les mostraré algunos de los objetos que pude ver allí, no sin antes recordarles que si algún día se acercan a la capital británica no dejen de visitar este museo que, como todos los museos públicos allí, son gratuitos (eso sí, hagan el favor de no ser cutres y echar en la caja una donación voluntaria para su mantenimiento). Si tienen algo de curiosidad, seguro que no les defraudará.
Antes de terminar, recordarles la página web del museo, por si quieren echarle un vistazo (Science Museum) y pedirles disculpas adelantadas por la poca calidad de las fotos (en un museo las saco siempre sin flash, es una cámara compacta y, lo más importante, el fotógrafo es un inútil).
Telar mecánico (1851). Sí, aquellos artílugios que nos decían en las clases de historia que gracias a la máquina de vapor cambiaron la industria para siempre.
Telar mecánico (Museo de la Ciencia, South Kensington, Londres)
Micrómetro de lente partida (finales S.XVIII). Un aparato para medir distancias basado en dos lentes, similar a los enfoques de las cámaras réflex.
Micrómetro de lente partida (Museo de la Ciencia, South Kensington, Londres)
Máquina ferrocarril a vapor. No podía faltar una máquina de tren a vapor como ésta, que atravesaba la campiña inglesa en la segunda mitad del S.XIX.
Máquina ferrocarril a vapor (Museo de la Ciencia, South Kensington, Londres)
Autogiro. Viviré en España, pero es la primera vez que veo un autogiro de verdad (para los que no lo sepan, aunque me extraña que haya alguno, este antecesor del helicóptero es uno de los pocos inventos españoles).
Autogiro (Museo de la Ciencia, South Kensington, Londres)
Supermarine Spitfire Mk.1 (1940). El anterior autogiro está en la Sala de la Aviación, donde tienen un montón de aviones y elementos relacionados con ellos. Entre otras cosas, un Spitfire de la 2ª Guerra Mundial.
Supermarine Spitfire Mk.1 (Museo de la Ciencia, South Kensington, Londres)
Integrafo Abdank-Abakanowicz (1878). El integrafo es un aparato que, dado un dibujo de una función matemática, permite hallar una integral definida basada en ella. Ya ven, mecánica imaginativa al servicio de las matemáticas.
Integrafo (Museo de la Ciencia, South Kensington, Londres)
Tachylemme (1880). Este chisme (me encanta esta palabra) calcula los intereses diarios de diferentes cantidades de dinero según varias tasas de interés. Vamos, que era la calculadora económica de la época.
Tachylemme (Museo de la Ciencia, South Kensington, Londres)
Planímetros (1856 el de la izda, 1886 el de la dcha.). Este otro sirve para, con la ayuda de un plano, calcular áreas sin importar su forma.
Planímetros (Museo de la Ciencia, South Kensington, Londres)
Máquina de diferencias nº1 de Charles Babbage (1832). Esta es la primera máquina de diferencias de Babbage. Es la tatatarabuela de nuestros ordenadores y permitía hacer operaciones matemáticas simples.

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Máquina de diferencias nº1 (Museo de la Ciencia, South Kensington, Londres)
El Millonario (1893). Basada en un invento de Leon Bollée, fue la primera calculadora que consiguió hacer multiplicaciones directamente; o sea, sin sumar repetidas veces.
El Millonario (Museo de la Ciencia, South Kensington, Londres)
Computadora Pegasus (1959). Una computadora a válvulas que utilizaba la empresa sueca de seguros Skandia. Se construyeron 50 de estas computadores, y muchas de ellas se emplearon para calcular la fatiga de los materiales en aviación o para el diseño de puentes y grandes edificios.
Computadora Pegasus (Museo de la Ciencia, South Kensington, Londres)