Centenario en Moulinsart
Hace 100 años, en la localidad belga de Etterbeek, un suburbio (ahora barrio) al sureste de Bruselas, nació Georges Remi.
Antes de seguir, una pregunta. ¿Hay alguien no sepa quien era este señor? A lo mejor, si jugamos un poco con su nombre, sí que les suena de algo (aunque, sinceramente, no creo que haga falta, pero bueno, siempre hay algún despistado). Si dejamos sólo sus iniciales, nos queda GR. Démosles la vuelta ahora. Sí, ahora tenemos RG. Pronúncienlo a la francesa: “errrrrrrr-yé”. En otras palabras: Hergé.
Vale, espero que aquellos que no conocían el nombre Georges Remi, ahora sí que reconozcan el de Hergé. ¿Cómo? ¿No? Ay, ¡qué poquitos tebeos me leen ustedes! Les daré otro nombre: Tintín. Y es que Hergé no es otro que el creador de ese personaje de papel.
Para celebrar el centenario (es un decir, oigan, en realidad es porque me apetecía) he vuelto a leer la biografía que Pierre Assouline le dedicó hace ya una década. En España la publicó Ediciones Destino en su colección Áncora y Delfín.
La vida de Hergé no es que sea una montaña rusa, un cúmulo de aventuras al estilo de su personaje. No, yo diría que es sosita (como la mía, la de usted y la de su vecino). Eso es un gran inconveniente a la hora de plantear una biografía, qué duda cabe. Así que Assouline escora el libro hacia su trabajo: ilustrador, autor de comics y responsable de edición.
A pesar de ello, la vida de Hergé está estigmatizada por sus devaneos con la ultraderecha fascista belga representada por el Partido Rexista y su cabeza visible Léon Degrelle (personaje que, una vez acabada la 2ª Guerra Mundial, se exilió en la España franquista, falleciendo en Málaga en 1994). Y es que a pesar de proclamar su alejamiento del mundo político, Hergé, influenciado por su mentor, el abate Norbert Wallez, siempre estuvo pegado a los partidos, movimientos y medios de comunicación de la ultraderecha. Tanto que después de la guerra fue considerado de forma soterrada como un traidor por haber colaborado con el diario Le Soir cuando éste estaba en la práctica en manos de la oficina de propaganda nazi (la Propaganda Abteilung).
Es una de las sombras de Hergé. Una década antes de estos acontecimientos se enciende, en cambio, una de las luces de Hergé: había creado para Le Petit Vingtième, suplemento juvenil del diario Le Vingtième Siècle, un joven periodista que recorría el mundo para dar a conocer a los niños belgas lugares remotos y también imbuirlos de la ideología dominante en el periódico, que estaba dirigido por el abate Wallez, un religioso ultraconservador.
Su primer viaje fue a la Rusia postrevolucionaria de 1929 (vamos, que ni siquiera se llamaba Rusia, sino Unión Soviética) y el periódico lo anunciaba así en la primera viñeta:
Y es en la siguiente donde hacen su aparición, por primera vez, Tintín y su inseparable perro Milú:
Este álbum, como todos los demás, se publicó por entregas, de forma que niños y mayores podían seguir todas las semanas las andanzas de Tintín. Fue tanto el éxito del personaje (incluso en esta forma tan arcaica y tan política) que al terminar el álbum, en Le Vingtième Siècle decidieron montar una escenificación de la llegada del personaje desde las lejanas tierras rusas. Así que disfrazaron de mujik a un chaval de 15 años llamado Lucien Pepermans, al que pagaron 100 francos y un ramo de flores, y lo montaron en la ciudad alemana de Colonia en un tren con destino a Bruselas. Cuando éste llegó a la estación y el chaval bajó de él, se encuentró con una expectante muchedumbre que atestaba la estación y la explanada.
Después de ese álbum fundacional vendrá el viaje al Congo, que en esos momentos era una colonia belga, a los Estados Unidos, a Egipto, a la India, a China,… Y con el tiempo a Tintín y a Milú se unirán otros personajes que, personalmente, encuentro más redondos que el propio protagonista. Por supuesto me refiero al Capitán Haddock, al Profesor Tornasol, a los detectives de policía Hernández y Fernández y a tantos otros que aparecen de vez en cuando en medio de las páginas del comic (la Castafiore, el General Alcázar, el pesado de Serafín Latón,..).
Tintín ha sido y es un referente absoluto del la historia del cómic, aunque no es plato de gusto para todos los aficionados: su espíritu de boy scout, sus aventuras aparentemente superficiales y doctrinales no son bien vistas por mucha gente. Bien, eso es en parte verdad, al fin y al cabo Hergé fue en su juventud un boy-scout y antes de Tintín creo para Boy-scout belge, la revista de la federación belga de boy-scouts, a Totor, un chaval que es precisamente eso, un boy-scout, protagonista de un comic en el que el texto está separado del dibujo, aunque será en él en el que por primera vez, aunque excepcionalmente, añadirá bocadillos (globos) con las exclamaciones salidas de la boca de los personajes u onomatopeyas varias.
Aún estando plagados los tebeos de Tintín de referencias a la realidad y los conflictos del mundo (hay que ser bastante ciego para no verlo), en mi opinión es un error limitarse a observar su componente social o político, al fin y al cabo, muy dependientes de la época en que fueron creados los álbumes (entre 1929 y 1976). La capacidad de crítica social y política no creo que deba ser el rasero por el que se deba juzgar una obra de arte. En el caso de Tintín, la clave para comprender y disfrutar de sus aventuras es algo muy simple, un artificio que da a la obra de Hergé una enorme coherencia artística: el gag.
Hergé fue un enamorado de las películas cómicas del cine mudo. Se sentía fascinado por Chaplin, por Keaton, por Lloyd, por los policías de la Keystone o por tados esos personajes cuya esencia era fundamentalmente visual. De ellos aprendió a desarrollar una historia a través de gags. Y a fe mía que lo consiguió, ya que las aventuras de Tintín están repletas de ellos, dejando de ser meros interludios cómicos a convertirse en motores de la acción. Sin duda, es uno de los motivos de su éxito internacional: su narrativa descansa sobre lo visual, no sobre los diálogos.
Por supuesto, el gag no lo es todo. Hergé hace de la claridad en el dibujo su arma más efectiva. La claridad que le permite que los mencionados gags conserven cierta esquematización, cierta esencia, sin tener que emborronar la escena. La claridad en los fondos, tan necesarios para establecer una realidad en las páginas. La claridad en la definición de los rostros, que se asemejan en muchos casos a caricaturas en las que los pocos trazos dejan entrever la psicología del personaje. La claridad en la utilización del color, cuidadosamente pensado y aplicado cuando aparece en la “vida” de Tintín (los primeros álbumes fueron en blanco y negro). La claridad en el diseño de página, en las que las viñetas se disponen ordenadamente, sin efectos de ningún tipo (no hay viñetas montadas unas sobre otras, no hay estrechamientos o alargamientos graduales, no hay roturas de sus límites por las que la escena desborde). La claridad en el flujo de lectura interno de los dibujos, donde los movimientos guían la lectura sin entorpecerla. Todo esto lo lleva Hergé a su máximo exponente, convirtiéndose en el apóstol de la línea clara, una forma de entender el cómic que ha influido en miles de artistas del medio a lo largo de los últimos 75 años.
Aunque el creador principal y el alma de Tintín es Hergé, desde el momento en que funda la revista Tintín y los estudios que llevan su nombre, pasa a ser como el director de una película, que, a pesar de ser el responsable final, tiene a sus órdenes a otras personas. Estos estudios fueron necesarios para actualizar las antiguas aventuras de Tintín, limpiarlas de escenas y personajes ofensivos para la moral actual (algo que personalmente nunca he entendido), aplicarles color, reducir el número de páginas o clarificar la estructura de la obra. Se puede decir que las aventuras de Tintín eran para Hergé una continua work-in-progress.
Pero en los estudios no sólo se hacía ese trabajo de restauración de obras anteriores, sino que también se intervenía en los nuevos álbumes. para ello, Hergé confiaba en sus más cercanos y queridos colaboradores, sobre todo en los guiones, los fondos y la documentación. Los tres creadores más importantes que trabajaron con Hergé llegaron a ser tan famosos que sus personajes son también, por derecho propio, clásicos de la historieta europea: Edgar P. Jacobs (Blake y Mortimer), Bob de Moor (Barelli, Cori el grumete) y Jacques Martin (Alix, Lefranc). Es una pena (y una vergüenza) que, aún participando activamente en las aventuras de Tintín, Hergé jamás consintiera en que sus nombres aparecieran en los créditos de sus aventuras, ni siquiera como lo que eran, colaboradores bajo la dirección de Hergé. Para el mundo, Tintín debía ser de Hergé y de nadie más.
Yo, a la vez que he releído esta biografía escrita por Assouline, he ido releyendo las aventuras de Tintín a la vez, algo muy recomendable. Y he vuelto a maravillarme con los dos álbumes que para mí son los mejores: El Asunto Tornasol, una historia de espionaje llena de persecuciones, y Las Joyas de la Castafiore, el magnífico álbum donde Hergé extrae petroleo de un argumento inexistente.










