Short Ride in a Fast Machine (John Adams)

¿Sabes cuando alguien te pide montar en un fabuloso coche de carreras y luego desearías no haberlo hecho?

Esta es la explicación que John Adams (Worcester, Massachusetts, EE.UU., 1947) dio de su pieza Short Ride in a Fast Machine (Corto paseo en una máquina veloz), estrenada en 1986. Desde luego, la música que propone en ella transmite una poderosa sensación de movimiento, de velocidad, de vértigo. Un vehículo musical que se pone en marcha y parece imposible de parar. Como si se nos hubiera roto el freno del coche y pisáramos su pedal desesperadamente sin conseguir que se parara.

Pura adrenalina que Adams consigue inyectarnos con una simple caja china. Este instrumento es la mar de simple: un bloque de madera (en inglés se llama así, wood block) con una caja de resonancia que tiene su “salida” en la abertura longitudinal. El material suele ser madera dura (por ejemplo, la teca) o un plástico adecuado. Se toca dejándola descansar sobre la mano, cuya palma debe ahuecarse un poco, y golpeándola con una baqueta dura (su cabezal es de madera, nada de fieltro, corcho u otro material). Tiene el siguiente aspecto:

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Caja china (Wood block)

Pueden ver un pequeño video para escuchar una caja china real pinchando en el siguiente enlace extraído de The Sound Exchange (un proyecto de la Philharmonia Orchestra): Kevin Hathway nos enseña unas cajas chinas (MOV) (Kevin Hathway es percusionista coprincipal de la Philharmonia Orchestra).

La caja china es uno de los componentes básicos de la gasolina que propulsa esta veloz máquina musical, lanzando a lo largo de casi toda la partitura el siguiente mensaje con sádica obstinación (así lo describe Adams)

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Ya ven, son sólo tres negras, acupando cada una de ellas la mitad de su parte del compás de 3/2. Eso sí, no vale tocarlas con desgana, de eso nada: el angulito sobre ellas nos dice que hay que acentuar todas y cada una de las negras.

¿Cómo suena esto? Oigámoslo (tengan en cuenta que es un archivo MIDI, no una ejecución real… así que más que una caja china, parece un metrónomo):

Otro ingrediente del carburante rítmico lo encontramos en los clarinetes. Les voy a explicar como logran introducir más impulso a la música gracias a un sencillo (y bien antiguo) truco. Un clarinete va a tocar tres notas, fa-sol-do, en corcheas. Repetirá esa secuencia una y otra vez.

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El compás es de 3/2, que es ternario y cada una de sus partes es ocupada por una blanca. Estas partes es lo que está machacando inmisericordemente la caja china. En los clarinetes, estas tres partes se las he señalado con los corchetes rojos inferiores. Acuérdense que en cada parte del compás (1 blanca) “caben” cuatro corcheas (1 blanca = 2 negras = 4 corcheas).

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Pero claro, la secuencia que repite el clarinete sólo tiene tres notas y su acentuación natural recae en el do que culmina esa miniescala ascendente: algo así como ta-ra-, ta-ra-, ta-ra-, ta-ra-. Vamos, que está formando cuatro grupos de tres corcheas, señalados en el dibujo con los corchetes superiores azules.

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La longitud final, 12 corcheas, no varía (12 es múltiplo común de 3 y de 4), pero mientras que la caja china divide el compás en tres partes, el clarinete lo hace en cuatro. Y ambos grupos sólo coinciden al principio de cada compás, como muestran los corchetes azules y rojos.

Vamos a oír al clarinete solo:

No es el único clarinete. Un segundo va a hacer lo casi mismo que el primero. La secuencia será la misma, fa-sol-do, pero estará desfasada una corchea con respecto a la que toca el primero. ¿Cómo? Fácil, empezará en el sol, haciendo que su secuencia sea sol-do-fa. Voy a ponerles los ejemplos de audio ralentizados para que se note mejor.

A ver, el primer clarinete hace

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… que suena así:

El segundo, desfasado una sola nota (empieza en el sol, en vez de en el fa) hace lo siguiente:

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… sonando tal que así:

Oigamos los dos a la vez:

Lógicamente sus acentos caen en sitios diferentes debido al desplazamiento relativo de esa miniescala, tal y como les muestro con los corchetes de colores en la siguiente imagen:

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Ahora unamos estos clarinetes a la caja china. Recuerden que esta última sigue la división ternaria del compás de 3/2, mientras que los clarinetes “funcionan” con un cuaternaria virtual gracias a sus acentuaciones. Y, para colmo, ellos dos tampoco se ponen de acuerdo. Pueden verlo en la siguiente imagen (no les pongo el pentagrama de la caja china, pero sí los corchetes rojos que indican su división ternaria)…

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… y escucharlo a continuación, esta vez a su velocidad real:

Otra forma en que Adams imprime aceleración a la música aparece también al principio en las trompetas. Primero tocan tres negras en cada una de las partes del compás, de forma idéntica a la caja china:

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Luego sustituye el último silencio del compás por otra negra, repitiendo la anterior. Así, en vez de tener tres grupos de 1 nota (no contaré el silencio), tiene dos de dos notas. Dos grupos pudieran parecer al oído más lentos, pero el que estén formados por dos notas hacen que los perciba con mayor vivacidad, como si las dos notas se atropellaran la una a la otra. El primer grupo, además, entra en síncopa; esto es, en la zona débil de la parte del compás (su segunda mitad); aunque eso puede ayudar algo, dada la combinación de acentos y ritmos de la obra, yo minimizaría ese efecto: me parece más importante el tener ahora dos notas contra una de antes.

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Justo después, vuelve a acelerar las cosas: la segunda negra de cada grupo será sustituida por dos corcheas. Al haber más notas, percibimos una velocidad mayor.

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Ahora escuchen la secuencia de la trompeta, sin ningún instrumento más. Estén atentos a esas aceleraciones.

Ahora, junto con los clarinetes y la caja china. Ah, verán que hay más de una trompeta, tocan notas distintas, pero siempre siguiente idéntico ritmo (por cierto, los cambios armónicos que van creando también contribuyen a una más clara percepción de la velocidad).

Fíjense que todas estas cosas las ha realizado el compositor sin alterar ni el compás (sigue siendo un 3/2) ni tampoco el tempo de la obra, que es rápido de por sí: blanca = 152, lo que quiere decir que en cada minuto deben caber 152 de esas figuras o, lo que es lo mismo, a una velocidad de 0,40 blancas/segundo.

Por cierto, que la indicación de tempo que añade Adams es bastante significativa, ya que clarifica el carácter de la obra: Delirante. Más claro, agua.

Short Ride in a Fast Machine es una pieza corta (entre 4 y 5 minutos) ideal para servir de entrante a un concierto. Extrovertida y accesible para todo el público, es un ejemplo de que, a pesar de sus detractores, el minimalismo puede ser tan atractivo como cualquier otra técnica compositiva si se sabe aplicar bien y se tiene los suficientes oficio, talanto e inspiración.

Antes de pasar a una interpretación de la obra a cargo de la Orquesta Filarmónica de Berlín dirigida por Simon Rattle, les voy a contar una pequeña anécdota doble que he descubierto en internet cuando estaba buscando material para este post. Cuando se quiso interpretar esta obra por primera vez en los Proms londinenses (uno de los festivales de música clásica más populares), coincidió con el fallecimiento de la Princesa Diana (1997). Resultado, suspendieron la interpretación ya que la obra era excesivamente alegre para ese momento. El segundo intento tampoco llegó a buen puerto: se retiro por idéntico motivo debido al ataque del 11-S a las Torres Gemelas (2001). En definitiva, tuvo que esperar al año 2004… siete más tarde de cuando se tenía pensado. En este caso el short ride (corta vuelta) se convirtió en un viaje (temporal) bastante largo, ¿no?.

Categorías: Escuchando, Música

Ya en el XIX

Ya sabrán todos ustedes lo del secuestro del número de la semana pasada de la revista satírica El Jueves (que sale los miércoles). Por cierto, que hoy en día no entiendo como alguien puede ser tan estúpido como para secuestrar una revista para que no se difunda su “injuriosa” portada, teniendo como tenemos internet (alguien debería explicarle este invento a los fiscales, jueces y letrados en general). De hecho, el diario El País ilustra la noticia con ella, como pueden ver aquí. No me negarán que es un tanto surrealista.

El caso es que en La Cárcel de Papel leo un post que remite a otro del mes de feberero de 2007 del blog Cretinolandia en el que nos enseñan cómo se las gastaban los hermanos Bécquer (Valeriano y Gustavo Adolfo… sí, sí, el de las Rimas y Leyendas) hace siglo y medio en su colección de ilustraciones Los Borbones en Pelota. Pasen y vean.

Categorías: Miscelánea

OSG: Jugar a no perder

Esta semana se ha presentado en Coruña la programación 2007-08 de la Orquesta Sinfónica de Galicia, que es la orquesta de la ciudad (en Galicia hay dos orquestas importantes, la otra con sede en Santiago, pero curiosamente ninguna lleva el nombre de la villa que la acoge). Es el primer programa de la “era” Palomero.

Félix Palomero sustituyó hace año y medio a Patrick Alfaya en la gerencia de la OSG, tras la excelente gestión del primero en la ONE (Orquesta Nacional de España), a la que, con la ayuda de Josep Pons, director que colocó al frente de la agrupación, sacó del pozo en el que la habían sepultado el bajo nivel artístico y los problemas administrativos y laborales. El hecho de que hubiera escogido a un director comprometido con la música contemporánea como Pons para la ONE me hizo pensar que quizás la OSG podía tomar un rumbo parecido. Por supuesto, sin dar de lado el repetorio tradicional, necesario para todo buen aficionado.

Así que comprenderán mi interés en leer ese folleto. Bien, ustedes mismos pueden echarle un vistazo sin más que pinchar en… OSG – Programación 2007-08 (PDF, 2,50 Mb).

A medida que lo iba leyendo, mi sorpresa iba creciendo. Y también mi enfado. Es más, no sabía si aquello que reflejaban sus páginas era una broma o la realidad. Porque este programa es, en mi opinión, un retroceso en la gestión musical de la OSG.

Vamos a dejar clara una cosa antes de empezar, para que los tradicionalistas no se me echen encima. La música de todos los compositores que forman el programa es muy buena, necesaria para la buena salud musical y parte fundamental de toda orquesta que se precie. Pero entiéndanme: ¡no es la única!.

En primer lugar, el programa OSG 2007-08 parece haberse cebado con los autores clásicos del repertorio sinfónico. Por ejemplo, se tocarán todas las sinfonías de Beethoven y también algunas de Schubert, Schumann, Tchaikovsky y Brahms.

Lo del ciclo sinfónico de Beethoven clama al cielo. No por ser Beethoven, no (también pasaba antes con Shostakovich), sino por simple cuestión numérica. Todos sabemos que el de Bonn compuso 9 sinfonías, que la OSG repartirá entre los 20 conciertos de temporada que figuran su programa 2007-08.

No entiendo como alguien se atreve a hacer ciclos de conjuntos de obras cuando dan tan pocos conciertos. Eso obliga a que casi en 1 de cada 2 conciertos, toque Beethoven. Es más, como también se interpretarán los fragmentos del esbozo de su Décima Sinfonía, así como su Concierto para violín, en total son once obras. 20 conciertos, 11 obras. Si la temporada es de 20 conciertos, hacer un ciclo sinfónico de 9 + 2 obras es una salvajada, se mire como se mire. Sería mucho mejor que lo hubieran dividido en 2 temporadas. En fin, ¡menos mal que no se les ha dado con un ciclo sinfónico de Haydn en una única temporada!

Por otra parte, también se incluyen de otros compositores, aunque en la elección de las obras de éstos a interpretar parece haberse tenido en cuenta sobre todo el que fueran piezas que no molestaran al público. por decirlo de una manera más clara: populares. En este grupo está Sibelius, Elgar, Richard Strauss, Mahler, Rachmaninov,… incluso un popular Stravinsky (su Pájaro y su Primavera, nada de cosas raras, por Dios), sin olvidar a Bernstein, Falla, Nielsen, Holst, Prokofiev, Shostakovich, Martinú, Mozart, Barber, Respighi, Granados, Chabrier y Ravel.

Ya se lo dije: un programa diseñado para no molestar. Políticamente correcto, vaya.

Yo, al leerlo, me hago dos preguntas. ¿Hay música posterior a esa? ¿Y anterior?

La segunda pregunta es bastante pertinente. La única música anterior a Mozart que sonará será la Pasión según San Juan de J.S. Bach (no, la de San Mateo no, la de San Juan, en eso han acertado, porque a veces parece que Bach no compuso más que aquélla). Aparte de eso, nada. Vamos, que el Barroco, el Renacimiento y toda la música anterior a éste no debe existir. La única razón que podrían tener para no programarla es que una orquesta sinfónica no sea adecuada para ella. Parte de razón tienen, es cierto, pero que yo sepa, un programa de temporada tiene también artistas y orquestas y coros invitados. Ah, perdón, este año no viene ninguna orquesta de fuera. Ni siquiera un conjunto pequeñito (a esa época le vienen como anillo al dedo reducidos conjuntos). Y lo de que las toquen una selección de profesores de la OSG (otra opción) no debe gustar, digo yo

En cuanto a la primera pregunta. Bien, sí que hay música posterior. En concreto, cinco estrenos de autores gallegos. Lo que está bien y mal. Está bien porque es un necesario apoyo a la creación musical actual de la tierra que paga la orquesta (financiada en buena parte gracias a los presupuestos municipales y autonómicos)… aunque sería mejor tener un par de compositores residentes y que trabajaran mano a mano con la orquesta, por no hablar de la financiación de obras por suscripción popular (algo que se hizo con éxito en otras partes; en Birmingham, por ejemplo). Lo que está mal es que todos son estrenos. Ninguna es una obra que haya sido estrenada por la OSG y que ahora la vuelve a traer al Palacio de la Ópera. Esto es un mal muy extendido en nuestros tiempos: el tándem Estreno/Olvido. Ya se pueden ir despidiendo Vázquez, Soutullo, Buide, Trillo y Durán de oír sus nuevas creaciones alguna vez más en el mismo escenario. Lo siento por ellos. Estadísticamente hablando, muchas obras estrenadas por la OSG no habrán sido lo suficientemente buenas como para repetirlas alguna vez, pero, coño, después de por ejemplo 15, digo yo que habrá 2 ó 3 que sí, ¿no?. Y, por otra parte, son encargos de la OSG, esto es, son parte de ella, de su historia. ¿No deberían defenderlos con un poquito más de interés? ¿Reniegan de composiciones encargadas por ellos? ¿O sólo se interpretaron por cumplir el expediente?. A lo mejor es una exigencia por el aporte presupuestario municipal y autonómico, sólo eso.

Lo que más me molesta de todo esto es que luego irán diciendo que el público de la música clásica envejece, que hay que renovarlo. Sí, hombre, sí, como que así van a conseguir renovarlo. A mí, este programa más bien me parece una ración musical de Gerovital.

Y es que está muy extendida la opinión de que con estas obras es como se puede formar al público; nada de abstrusas y disonantes obras de tiparracos como Schönberg y sus discípulos, o esa caterva de payasos modernillos que no saben poner una nota después de otra sin asustar a las abuelitas.

Bien, eso es falso. Es como si les dijera que para escuchar rock antes tienen que tragarse los valses de los Strauss (música tan popular en su época como el rock/pop en la nuestra) o, puestos más en plan español, tener que degustar mil y una coplas y boleros. Por favor, si para escuchar música y disfrutarla tenemos que oír antes los dos siglos anteriores, mejor cerramos el chiringuito. Yo no necesité oír a Schubert para que me gustara Hindemith, ni escuchar a Palestrina para sentir la música de Bartók. Me gustaron y punto (y era bien crío).

Pero bueno, el propio alcalde coruñés, Javier Losada, hacía hincapié en ese punto el día de la presentación: el programa permitiría captar nuevo público. Yo todavía estoy asombrado. Primero, porque el programa no lo conseguirá (y, para ser sinceros, dudo que un programa, cualquier programa, pueda hacerlo). Lo único que conseguirá dicho programa es no perder a su público tradicional, público que en su mayor parte está formado, no nos engañemos, por público de la tercera edad, por elementos de la “alta sociedad” que van a lucirse y a que les vean, por representantes de organismos públicos y empresas (que también van a que les vean)y en menor medida por gente que disfruta de la música en un espectro bastante más variado que los anteriores y que es capaz de ejercer cierta crítica. Esta es la clave: no perder público. Es el verdadero caballo de batalla. Han tirado la toalla de ganar nuevo público y desesperadamente intentan mantener el suyo. Y para eso diseñan programas que no les molesten, que no les hagan abandonar la sala, que no “dañen” sus tradicionales oídos. Es como jugar un partido a no perder, en vez de a ganar. Yo creo que sería mejor que, en vez de esa táctica, incorporaran en nómina a un experto en vudú para resucitar a los abonados cuando palmen (mucho mejor, seguro).

Lo malo es que aquellos equipos que juegan a no perder suelen ser rácanos en su juego y terminan por aburrir a un santo. Vamos, que es pan para hoy y hambre para mañana.

Para terminar, antes hablé de Félix Palomero y la decepción que ha supuesto este programa para mí en su año inaugural al frente del buque insignia musical coruñés. Pero el caso es que me asaltan unas dudas. Y estas dudas tienen nombre y apellidos: Víctor Pablo Pérez. El director de la OSG, que ha creado una orquesta de altísimo nivel, supongo que es coautor del programa, y me da la sensación de que no es un músico con mucho aprecio por el repertorio que se sale del tradicional o popular. Le gusta, y es algo obvio, Shostakovich, Ravel y Prokofiev, pero lo que se sale de ahí… como que no. Por ejemplo, los conciertos modernillos más importantes de los últimos años (Berio, Messiaen, Dutillieux,…) no fueron dirigidos por él, sino por otros directores. A mí estas coincidencias me escaman, oigan. Me dan qué sospechar.

En fin, seguiremos teniendo una gran orquesta a la que no podremos oír, aunque sea de vez en cuando (no pido más), interpretar obras de genios como Ligeti, Xenakis o Lutoslawski, por poner tres ejemplos conocidos por todos de las docenas de nombres que podrían darse.


Kraftwerk: Autobahn (1974)

Corre el año 1974 y el grupo alemán Kraftwerk lleva en activo ya cuatro años en los que ha sacado al mercado también cuatro discos: Tone Float (1970, cuando todavía se llamaban Organisation) , Kraftwerk (1971), Kraftwerk 2 (1972) y Ralf & Florian (1973).

Durante esos cuatro años, la aventura de Ralf Hütter y Florian Schneider-Esleben, iniciada cuando se conocieron en el Conservatorio de Düsseldorf, pasó de la psicodélia eléctrica a una estilización sonora basada casi por entero en los sonidos sintéticos. Ralf & Florian les situó al borde de algo que florecería en su siguiente disco: Autobahn (1974).

Florian Schneider y Ralf Hütter
De izda. a dcha., Florian Schneider y Ralf Hütter

Los Kraftwerk, que hasta ese momento eran casi únicamente Hütter y Schneider, a los que se les sumaba algún que otro músico, era un grupo que introducía en el mundo del pop presupuestos de la música electrónica experimental (Varése, Stockhausen,…) y de la música concreta de Schaeffer y Henry, sin olvidar a los futuristas italianos. Los nombres que escogieron para su grupo delatan su visión cartesiana y tecnificada de la música: Organisation nos remite a Varése y sus sonidos organizados, Kraftwerk (Central eléctrica) es todavía más claro si cabe.

Valiéndose de rudimentarios artilugios electrónicos, Kraftwerk experimentaron sin descanso durante cuatro años, tratando de descubrir su propio camino. Canciones (quizás no sea la palabra adecuada) como Kling-Klang, Megahertz, Von Himmel Hoch, Elektronisches Roulette, Tongebirge, Kristallo o Heimatklange son eslabones en la búsqueda de un sonido que les haga perfectamente reconocibles sin perder capacidad de experimentación.

Una vez al borde de algo nuevo, Kraftwerk deciden lanzarse en su trabajo más ambicioso. Un álbum cuyo hilo conductor es el mundo del automóvil. Autobahn (Autopista) es un disco que establece el sonido del grupo de forma definitiva.

Autobahn (1974)
“Autobahn” (1974)

La canción que abre el disco, una especie de pequeño poema eléctrico de casi 23 minutos de duración, se inicia con el ruido de una puerta de un coche que se cierra y continúa con el arranque de su motor. A partir de ahí el ritmo electrónico sirve de propulsor a un coche musical que rueda por una autopista acústica y que se desliza por cambiantes paisajes con leves fluctuaciones tímbricas, sobre los que reinan una sencilla grata melodía y la cantinela “The fun, fun, fun of the Autobahn”. Casi 23 minutos de viaje iniciático, ya que esta canción bien puede presumir de ser el origen de todo el tecno que surgió después. Este es un tecno más frío, pero también más amable y poético, alejado de furias “bacaladeras” y acomodaticios chill-outs. Y es que Kraftwerk normalmente actúan por sustracción: eliminan de su música toda la paja, todo lo innecesario y dejan sólo lo esencial. El resultado es una música desnuda pero vibrante.

Después de Autobahn (la canción), Kraftwerk se internan en otro viaje, pero este será nocturno y más etéreo: el misterioso ambiente creado por Kometenmelodie 1 (Melodía cometaria 1), el tecno-pop de Kometenmelodie 2 (Melodía cometaria 2) y el estatismo de Mitternach (Medianoche), cuyo protagonista es una humilde gota que pausadamente cae una y otra vez.

Todo desemboca en un idílico Morgenspaziergang (Paseo matinal). Si el disco empieza con una puerta, un motor y un paseo en coche, el álbum termina con un paseo a pie por una bucólica campiña representada por la melodía (nuevamente sencilla) de una flauta dulce, punteada por diversos ruidos electrónicos que imitan cantos de pájaros, de insectos o de pequeños regatos. Una inesperada vuelta a la naturaleza a la luz del amanecer de un nuevo día.

Para terminar, aquí les dejo con dos videos con la canción Autobahn (un tercero me lo reservo para un nuevo post dentro de poco).

Categorías: Música, Otras músicas, Videos

Nosotros

Nosotros es el pronombre personal de primera persona del plural. Nos engloba a ustedes y a mí, a todos, en un sólo ente, un único ser, aunque sea de modo simbólico. ¿Es Nosotros más importante que Yo, Tú, Él o Ella? ¿Es más importante el bien común que los sueños individuales?

Estas preguntas están implícitas en varias de las grandes novelas distópicas de la historia: 1984 de George Orwell, Un Mundo Feliz de Aldous Huxley, Fahrenheit 451 de Ray Bradbury o los desazonantes relatos de Philip K. Dick.

La madre de todas ellas vió la luz allá por 1921 y la escribió un señor ruso de nombre Yevgeny Zamyatin. Su título: Nosotros.

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Yevgeny Zamyatin

Zamyatin perteneció a ese conjunto de artistas rusos que, con el triunfo de la Revolución de Octubre, floreció en aquel país (luego unos fueron asesinados, otros se suicidaron, unos se exiliaron en el extranjero, otros fueron acallados y absorbidos por el sistema, algunos murieron durante la Gran Guerra Patriótica,…). En concreto, en cuanto a la literatura, pocos países pueden ofrecer un ramillete tan espectacular y de tanta calidad: Blok, Bulgakov, Mayakovsky, Ajmatova, Tsvetaeva, Biely, Bunin, Mandelstam, Gorky, Agueiev,…

Zamyatin creó con Nosotros un relato que era hijo de su época en cuanto al estilo y un alegato contra el totalitarismo en cuanto al tema. La novela transcurre en un futuro no demasiado lejano. La sociedad se basa en las matemáticas y en el bien común, siendo perseguida cualquier desviación que lleve a los sentimientos y a la exaltación de las personas en tanto individuos. Los seres humanos han dejado de ser tales para pasar a ser números; de forma literal, ya que, por ejemplo, no se dice Todas las personas que incumplan…, sino Todos los números que incumplan…. Se han transformado en cifras también a nivel particular: los personajes que aparecen en el relato (¿debería decir que se calculan?) no se llaman ni Richard, ni Anna, ni Iván, ni Carl. A semejanza de robots, de seres deterministas que cumplen una función específica dentro de otra de mayores proporciones, se denominan D-503, I-330, R-13, O-90 o S-4711.

En la ciudad que representa ese adormecedor nirvana que es el Estado Único las casas son todas de cristal: no existe la vida privada. Los límites de este hormiguero no son borrosos, sino definidos, nítidos y tienen forma, la de una muralla que separa el orden de esta sociedad del caos que representa la naturaleza.

Por supuesto, no sólo el espacio físico ha sido cuidadosamente analizado y sometido a una descomposición cartesiana. El espacio temporal ha sufrido también una adaptación a las leyes que dominan este mundo que se diría mecánico. El tiempo está asignado y medido al segundo y las calles no sufren atascos, sino que la gente camina por ellas en aterradora sincronía. Lógicamente, nadie tiene necesidad de correr, ya que todo está estudiado y optimizado para producir el máximo rendimiento. Una sociedad eficaz y sin alma.

En este ambiente aséptico es donde D-503, el protagonista de la novela, nos relata en primera persona a través de sus anotaciones en un diario, testigo de aquello que va a sucederle, su abandono de “lo colectivo” para encontrar “lo personal”. Él es un matemático a cargo del Integral, un cohete que llevará la luz cristalina de esta sociedad al espacio exterior y que en un momento dado conoce a una mujer, I-330, una revolucionaria que le muestra un nuevo camino, el de la exaltación de los seres individuales y del amor.

Es más que evidente la crítica que Zamyatin hace a la senda que la revolución bolchevique estaba empezando a tomar. Una senda que ahogaba cualquier pretensión individual y que daba a lo colectivo el mayor rango posible a la hora de organizar la sociedad. Esta crítica es tan furibunda y tan afilada que la novela no pudo ser publicada en la URSS, sino que vió la luz en el extranjero gracias a una revista rusa que se editaba en París, aunque varias copias del libro entraron en la URSS de forma clandestina. El libro acentuó el divorcio entre Zamyatin y el régimen soviético. Tanto es así que, después de muchas dificultades, el escritor pudo salir del país hacia el exilio en 1931, gracias a la mediación de su amigo Maxim Gorky, con el que colaboraba asiduamente escribiendo artículos para la revista Nueva Vida, fundada por éste. Al fin, en 1989, al abrigo de la perestroika y la glasnost propiciadas por el gobierno de Gorbachov, Nosotros fue editado en el país donde se escribió.

Nosotros es un novela que al principio sorprende por su frialdad, un reflejo de esa distopía. Son unas primeras páginas que por momentos parecen sacadas de un manual de instrucciones. Y es que, al fin y al cabo, D-503 no está explicando los principios de la sociedad en la que vive, un supraorganismo maquinal. Mas la aparición de I-330 hace que el relato se vaya escorando hacia una escritura que transmite los sentimientos contradictorios que empieza a sentir D-503. La novela, aún conservando buena parte de esa prosa seca, dura y cristalina (y seguramente eso, por contraste, ayuda bastante), expone de forma magistral como una persona empieza a reconocerse a si mismo como ser individual diferenciado de la colectividad, de sus semejantes, un reconocimiento que, entrelazado con el incipiente amor que le arrastra hacia I-330, le conduce casi hacia la locura al pensar en ello como en una enfermedad que debe ser curada para poder ser nuevamente un engranaje productivo para la sociedad. Él lo deja bien claro:

Me sentí a mí mismo. Ahora bien, sentirse a sí mismo, tener conciencia de la propia individualidad, es lo que le ocurre a un ojo irritado, a un dedo infectado, a una muela que duele. Un ojo, un dedo o una muela sanos no se sienten. ¿No está claro, pues, que la autoconciencia es una enfermedad?

Nosotros es una novela tan conocida como aquéllas en las que influyó y que cité al principio, pero me atrevo a decir que su estilo la hace única, pues es parte indisoluble de ella, un libro en el que la forma y el fondo encajan a la perfección.

Para finalizar, siendo retroklang un blog de confesada deriva musical, no puedo resistirme a mostrar aquí un extracto del libro en el que se muestran los gustos musicales de esta sociedad, en los que, como es de esperar, lo que es capaz de conmovernos, irritarnos, embelesarnos, exaltarnos, atacarnos, deprimirnos, inducirnos miedo, intranquilidad o un estado de equilibrio,… no importa nada. Lo único que les interesa es su relación con las matemáticas y con las leyes físicas. Han separado los componentes emocionales y los puramente técnicos y físicos y han desechado los primeros, olvidando que la música contiene ambos. En un acto colectivo, presentan una reliquia: un piano de cola. Para demostrar su funcionamiento, I-330 (precisamente ella) toca música de Scriabin (al que Zamyatin bien pudo haber conocido).

Les he dicho que la emoción no les importa nada y eso no es cierto del todo, porque no deja de sorprenderme que, paradójicamente y aunque mantengan otra cosa, D-503 y, generalizando, toda la sociedad, siguen teniendo por la música sentimientos análogos a los del mundo antiguo. Sólo han cambiado los gustos, pero la música, su música, les emociona, ven en ella un cierto ideal. En realidad, quizás esta sociedad no sea tan distinta de la nuestra. Es más, quizás sea la nuestra. Porque este título, Nosotros, nos engloba también a los lectores, un detalle que por momentos parece aflorar en nuestra conciencia.

Se sentó y empezó a tocar algo salvaje, convulso, heterogéneo, como era la vida entonces, si una sombra de mecanismo racional. Y, por supuesto, quienes estaban a mi alrededor tenían razón: estaban riéndose. Sólo unos cuantos… ¿Pero por qué también yo, por qué también yo…?

Sí, epilepsia, una dolencia mental, dolor… Un dolor lento, dulce, un mordisco, cuanto más hondo más doloroso. Y luego, poco a poco, el sol. No el nuestro, no el azulado, cristalino y uniforme que atraviesa los ladrillos de cristal. No. Un sol salvaje, abrasador, que arrasa cuanto halla a su paso.

El Número que estaba a mi izquierda me miró de soslayo y sonrió socarronamente. No sé por qué recuerdo punto por punto que en sus labios apareció una microscópica burbuja de saliva y se deshizo. Esa burbuja me sacó de mi ensimismamiento. Yo volví a ser yo.

Al igual que los demás Números, oía el absurdo y embrollado crujido de las cuerdas. Solté una carcajada; me sentí candoroso y aliviado. El inteligente fonolector nos había representado vivamente esa época salvaje. Y eso fue todo.

¡Con qué gusto escuché después nuestra música actual! Con fines de contraste hubo una demostración de ella al final de la conferencia. Escalas cromáticas cristalinas que se unían y se separaban en series interminables. Los acordes sintéticos de las series de Taylor y McLaurin: elegantes, cuadrados y macizos como los “pantalones de Pitágoras”. melodías melancólicas que se apagaban en movimientos ondulados. Compases deslumbrantes perfeccionados por las líneas de -el análisis espectral de los planetas… ¡Qué esplendor! ¡Qué inquebrantable regularidad! ¿Y cuán lamentable y arbitraria la música de los antiguos, limitada sólo por sus salvajes fantasías!…

En España hay dos ediciones de esta novela: una a cargo de Alianza Editorial (Col. Libro de Bolsillo nº1609), que es la que tengo yo y que creo que ahora ya está descatalogada (en su web no aparece) y otra en Tusquets (Col. Andanzas nº154).

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Cubierta de la edición de Alianza, diseñada por Ángel Uriarte y con una ilustración de la artista constructivista Barbara Stepanova, contemporánea de Zamyatin
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