Hace ya mes y medio que cerró sus puertas el 25º Salón Internacional del Cómic de Barcelona y los aficionados todavía están haciendo masajes cardíacos a sus bolsillos por la gran cantidad de novedades que pudieron agenciarse. Menos mal que yo no me paso por allí y que prefiero distribuirlas a lo largo de más tiempo para que el gasto parezca menor. De entre todas las novedades, hay una que, aunque supone la tercera edición en España, por su calidad es un tebeo que no debe faltar en ninguna casa que se precie de gustar del noveno arte. Se trata de la edición absolute de Watchmen, de los británicos Alan Moore y Dave Gibbons, presentada ahora en un formato ligeramente mayor al original (que es el único pero que le pongo: a mí, los tebeos no me gustan ni más grandes ni más pequeños, sino como fueron pensados por sus autores y editores).
Las ediciones de Watchmen en la piel de toro son como un testigo que va pasando de mano en mano. Comenzó Ediciones Zinco en formato comic-book, con los 12 números que componen la serie. Muuuuchos años más tarde Norma Editorial publicó la obra en un único tomo, que es el que tengo yo (también tenía los originales estadounidenses, ya que seguí la serie conforme se publicaba en los EE.UU., pero al salir la edición de Norma, se los dí a una amiga; al fin y al cabo, y aunque me defiende en inglés, siempre entenderé mejor una traducción al español, y además, como ya les he dicho en alguna ocasión, soy mínimamente fetichista para las dedicatorias, primeras ediciones y demás parafernalia). Ahora es Planeta-DeAgostini la que nos lo vuelve a traer, siguiendo la edición absolute, que cuenta con unas 50 páginas de material extra. El precio, 35 euros.
Portada de la nueva edición de “Watchmen” a cargo de Planeta-DeAgostini
En los años 80, la industria del comic americano mainstream, liderada por los superhéroes de Marvel y D.C. languidecía con historias más o menos rutinarias. Había algunas series que puntualmente podían destacar (la Patrulla-X de Claremont y Byrne, el Daredevil de Miller y Mazzucheli,…), pero la norma era una muy extendida mediocridad en la que los riesgos que corrían los editores eran mínimos.
La mencionada Daredevil ejerció de espoleta para que la industria comenzara a pensar que podían hacerse historias de superhéroes bastante más serias (y, ya puestos, oscuras) que las que se venían desarrollando,a cercando si cabe un poco el tono hacia el cómic europeo. Así, D.C. dejó que el guionista de dicha serie (y eventual dibujante en muchos de sus números) Frank Miller se marcara una historia a medio camino entre la ciencia-ficción, los superhéroes y las historias de samurais japoneses. El resultado fue Ronin, seis número que salieron a la venta en 1983 en los que Miller continuaba la experimentación narrativa que inició en Daredevil. El tebeo suponía un gran salto adelante, pero le faltaba algo. Ese algo lo consiguió en 1986 en su siguiente envido tebeístico: El Regreso del Caballero Negro (The Dark Knight Returns), una historia en cuatro números en la que un Batman ya jubilado regresaba de su retiro para, con métodos fascistoides, sacar al mundo de la alcantarilla donde se había metido. El cómic gustó a todo el mundo: a los lectores, a los críticos, a los editores y a toda la profesión. Miller había dado en el clavo. Y D.C., la editorial que lo publicó, encontró la senda por la que los superhéroes empezarían a transitar.
Y para demostrar que ya no había vuelta atrás, ese mismo año empezó a publicar una miniserie de doce números cuyo origen era, curiosamente, una operación puramente comercial.
Así es, D.C. se había hecho con los derechos de otra editorial, Charlton Comics, que había dejado el negocio justo ese mismo año, y buscaba la forma de integrar los personajes de ésta (The Question, Blue Beetle y otros) en su propio universo poblado ya por Superman, Batman, Wonder Woman, Green Lantern y el resto de los héroes de la casa. Para ello, se puso en contacto con Alan Moore, el guionista inglés que ya había dado muestras de su buen hacer en La Cosa del Pantano (Swamp Thing), también de D.C., y Miracleman (publicado en la revista inglesa Warrior). Moore, en vez de hacer eso, sólo se basó en los personajes de la Charlton para crear unos parecidos y poder hacer una historia autoconclusiva en 12 números, dejando que otros integraron a aquellos héroes en el universo D.C. En otras palabras, paso del encargó y presentó una nueva idea. En D.C. debieron de quedar fascinados con lo que, con la ayuda de otro británico, el dibujante Dave Gibbons, Moore ideó: un gigantesco mecanismo de precisión en el que cada página, cada viñeta, cada punto de vista,… todo, absolutamente todo, encaja como en un puzzle hiperdimensional.
El argumento de Watchmen es, en principio, de lo más sencillo. Incluso banal. Los antiguos componentes de un grupo de de superhéroes están siendo atacados, asesinados, apartados.
Dije en principio porque Moore desarrollará a lo largo de la serie una gran cantidad de historias secundarias que enriquecen increíblemente la trama principal. Historias referentes a los diversos personajes perfectamente entrelazadas con al acción principal, bien con flashbacks, con relatos en paralelo, etc.
También en principio porque además Moore aprovecha cada viñeta para retratar la sociedad a través de esa del tebeo, que no sino la nuestra con algunas variaciones. Algo así como un reflejo ligeramente deformado. Así, los conflictos políticos, sociales, raciales, sexuales, de pareja así la violencia, el futuro, la compasión, el amor, la locura, el desarrollo tecnológico, la soledad y muchas otras cosas tienen una parte realmente importante en el relato.
Por otra parte, el aspecto formal de Watchmen es de lo mejor que puedan haber degustado en toda su vida de lectores de cómics. Para ello, Moore detalló minuciosa, neuróticamente, cada detalle que aparecía en cada viñeta: tipo de plano, angulación, elementos que debían poder observarse en la imagen, posiciones de los personajes, etc. Podía especificar todas y cada uno de los graffitis que debían verse en una pared como la hora que debía señalar el reloj que porta en su muñeca un personaje y que apenas se ve. Gibbons aceptó el trabajo de poner en imágenes esa visión de Moore y lo hizo de forma insuperable gracias a su trazo detallado y limpio, con diseños que estan a medio camino entre la ciencia-ficción, el cine negro y la estética de los años 50. En cristiano: un depurado y estilizado pulp.
Si los textos y las imágenes serían ya seuficientes para hacer ingresar a Watchmen en el Olimpo de los cómics, las relaciones entre ambos y la forma en que Moore y Gibbons se sirven de elementos gráficos y narrativos hacen que, en mi opinión, este tebeo sea una absoluta y perfecta obra maestra (no tengo ningún reparo en etiquetarlo como tal). Un ejemplo de estas estructuras que conforman el subtexto del cómic y que se erigen en símbolos icónicos son las imágenes circulares que comienzan con la pin del smiley con la mancha de sangre cruzando se ojo que aparece en la mismísima portada del nº1. En ella tenemos tres elementos: círculo, smiley y trazo diagonal (mancha). Éstos aparecen durante todo la obra (todas las imágenes de este post son © D.C. Comics):
Portada del nº1: vista parcial de un pin con un smiley cuyo ojo derecho es cruzado por una mancha de sangre.
Portada del nº10, en la que se muestra un radar. Los reflejos, las marcas de los objetos que se acercan y la traza radial del propio radar tienen la misma estructura gráfica que el smiley anterior.
Portada del nº6, en la que vemos el reflejo de una nave en el cristal de unas extrañas gafas. Una traza sobre el polvo acumulado en el cristal completa la estructura.
Si pasamos al interior de este nº6, la primera página nos ofrece de nuevo la imagen de portada en su primera viñeta (todos los números siguen esta pauta: la portada es el verdadero inicio de la lectura) y, si observan la viñeta nº7, verán que se repite. Por cierto, la disposición de viñetas en una rejilla de 3×3 es la base de todas las páginas, bien así o en combinaciones de ellas (hay alguna página que se lo salta por razones de narración). No son necesarios virtuosismos gráficos de ningún tipo para dar fluidez a la historia.
En esta ocasión, no tenemos la traza que simbolizaría la original mancha de sangre, pero sí un elemento esférico, una bola de cristal con un castillo rodeado de agua con virutas en suspensión que simularían nieve cayendo. En el se reflejan los ojos de la persona que lo sostiene en la mano: un claro smiley que sonríe gracias a un reflejo. En este caso, no hay nada que recuerde a la mancha de sangre.
La tercera viñeta de esta secuencia vuelve a mostrarnos un círculo (el sol a través de una ventana) y la traza en la condensación que sobre el cristal se ha formado. No hay smiley, pero el color amarillo proporcionado por el Sol es suficiente.
En esta imagen, la portada del nº11, hay una traza sin nada más. Su silueta es casi exacta a la de la mancha de sangre y está hecha nuevamente sobre un cristal. En este caso el cristal tiene una capa de hielo o nieve y unos dedos han abierto una estrecha “ventana” por la que podemos ver algo de su florido interior
Por último, en la portada del nº2 pueden observar una imagen que aunque no comparte la estructura, sí tiene reminiscencias de ella: una cara sobre la que cae un lluvia diagonal.
Los anteriores son sólo ejemplos de una sola de las estructuras simbólicas que hacen que el lector, aun sin ser consciente (en un primer momento) de ellas, retiene en su cabeza y cuyos patrones reconoce inconscientemente para producir más conexiones entre los diferentes momentos del relato.
Por supuesto, hay más. Los relojes que, partiendo inexorablemente de las 11:48, se acercan inexorablemente hacia las 12:00 (12 minutos en 12 tebeos). Eso no quiere decir que la acción dure 12 minutos, sino que Moore y Gibbons se las arreglan para dar la sensación de que hay un destino al que el relato se dirige.
Más: la famosa estructura simétrica del nº5, tanto a nivel de diseño de página como de acción. Un encaje de bolillos que tiene su sentido si se lee detenidamente.
Más: la filigrana temporal ideada para el número en el que se nos cuenta la historia del Dr. Manhattan, en el que la relatividad del tiempo y la omnisciencia son factores decisivos. Un número que es a la vez duro, delicado, frío y humano.
Más: la historia paralela que surge de un cómic de piratas leído por uno de los personajes secundarios. Una historia que acompaña ciertos acontecimientos, puntuándolos, y que supone un elemento esencial para la comprensión moral de lo que se desarrolla en Watchmen.
Más: La ominosa pregunta ¿Quién vigila a los vigilantes? (Who watches the watchmen?), cuyo original es la frase que escribió Juvenal en su Sátira IV a finales del S.I y principios del S.II (Quis custodiet ipsos custodes?). Esta frase aparece en folletos y pintadas a lo largo de la serie, recordándonos tanto la trama principal (¿quién está detrás de todo?) como las implicaciones morales y legales del hecho de tener unas fuerzas de seguridad (en último término, unos gobiernos) que no responden ante nadie.
En otros blogs he leído que toda esta utilización de métodos narrativos, conexiones y subtextos impone; se diría que puede llegar a asustar al lector. Que dotan a la obra de una frialdad, de una perfección que, paradójicamente, hace que no sea perfecta. Que hacen que uno se pierda en los innumerables detalles que la pueblan. Si quieren saber mi opinión, me parecen paparruchas. Precisamente ese es uno de los puntos fuertes de Watchmen y hace que la lectura deje lo intrascendente para acercarnos a problemas universales, permitiéndonos una identificación con la narración.
Además, Watchmen está poblado de los suficientes elementos sentimentales (dicho sin carácter peyorativo) como para calentar un poco ese implacable frío. No voy a entrar en detalles porque quizás develaría detalles esenciales para aquellos que no han leído el tebeo, pero les aseguro que los hay. Sólo volveré a nombrar ese fascinante nº4, en en que esa pretendida frialdad esta teñida de un enorme nostalgia.
En definitiva, Watchmen es ese tebeo que todos aquellos a los que les gusta la lectura deberían leer. Una piedra angular en la historia de los cómics.
Los críticos literarios de la revista Time Magazine Lev Grossman y Richard Lacayo lo incluyeron dentro de su selección de las 100 mejores novelas en lengua inglesa desde 1923 al día de hoy. Cada uno tiene sus gustos y estos señores tendrán los suyos, pero que sea el único tebeo que pongan al lado de novelas de autores como Pynchon, Doctorow, Greene, Bellow, Fitzgerald o Faulkner algo querrá decir.