Errores
- No se preocupe. No voy a cometer los mismos errores.
- No, está cometiendo otros nuevos.
(The Lost World, 1997, Dir: Steven Spielberg)
- No se preocupe. No voy a cometer los mismos errores.
- No, está cometiendo otros nuevos.
Hay una frase en Hicksville, de Dylan Horrocks, que resume perfectamente aquello que quiere transmitir la obra y constituye el pivote alrededor del cual transita su narración:
- Esto… me he dado cuenta de que usted tiene bastantes cómics, señora Hicks.
-¡Santo Cielo! Como todo el mundo, ¿no?
Esta frase encierra el deseo (más o menos oculto) que tenemos todos los aficionados al cómic: que éste sea un elemento más de la vida de la gente, al igual que puede serlo un libro, un cuadro o una música.
Por supuesto, Hicksville es también un cómic. Uno muy especial: un tebeo sobre tebeos, sobre el cómic como arte y sobre el amor por ese medio de comunicación, por su historia y por su, en la mayoría de los casos, cercenada relación con otras artes (principalmente la literatura y la pintura).
El argumento que pone en movimiento esta novela gráfica es sencillo. Leonard Batts, crítico de cómics, va a escribir un libro sobre Dick Burger, un autor de éxito del tebeo moderno en su doble faceta de guionista y dibujante. Un autor estrella que vende tebeos como churros, que empezó siendo alguien cuya obra resultaba fresca, innovadora e interesante, pero que luego fue por el camino fácil de la autocomplacencia y lo comercial (en el peor sentido de la palabra), creando un sinnúmero de historias de baja calidad.
Con el fin de recopilar datos sobre su infancia, Leonard se desplaza a Hicksville, un pequeño pueblo de la costa neozelandesa, nacionalidad que, por cierto, también es la del propio Dylan Horrocks. Para sorpresa de Leonard, en Hicksville nadie quiere hablar de Dick Burger y la sola mención de su nombre es vista como una afrenta a los habitantes del pueblo, por lo que Leonard se encuentra ante un impenetrable muro de silencio.
Hicksville, la ciudad (y también el tebeo), es un lugar de la mente y del alma, más que un sitio físico, una utopía. Para que me entiendan, es un villorrio un poco a la manera del Cicely del condado de Arrowhead, en Alaska, en donde empezaba a ejercer la medicina el neoyorquino y judío Dr. Joel Fleischmann en Doctor en Alaska (Northern Exposure). ¿Y qué clase de utopía? La del paraíso del tebeo: un lugar donde el tebeo es un elemento importante, un lugar donde todos sus habitantes los leen, sabiendo que en ellos hay tanto talento y arte como en las novelas. Pero no sólo los leen, sino que lo hacen activamente; es más, son expertos en el tema, llegando a discusiones en la predilección y defensa de aquellos estilos que les son más queridos a sus habitantes.
Por si fuera poco, es un lugar donde la historia del medio sigue conservándose viva. Por ejemplo, en la librería tienen todas las ediciones de los comics más difíciles de conseguir, verdaderas joyas y obras maestras inencontrables… y eso que no les puedo revelar otro detalle (ya que es parte del misterio que rodea la figura de Dick Burger).
Como Cicely y todas las utopías salidas de la mente del hombre, Hicksville es un lugar inalcanzable, como se refleja en la primera parte del cómic en las dos tramas que lo inician: la dificultosa y demorada llegada de Leonard Batts al pueblo y el cómic “fantasma” del Capitán Cook. Éste último es uno de los mútiples ejercicios metalinguísticos (¿debería decirse metatebeísticos?) que despliega esta novela gráfica. Y es que entre las páginas de este volumen hay dispersos otros tres cómics.
Bien, el primero es una búsqueda y un viaje; sus personajes son el Capitán Cook (el explorador inglés), un cartógrafo y un maorí, que navegan por el mar en una isla que se mueve por él. Una historia mágica y evocadora que parte de la mitología maorí y, por qué no, de la tierra de los sueños de los cercanos aborígenes australianos.
El segundo es la obra de Dick Burger, Capitán Tomorrow, un tebeo de superhéroes con mucho éxito pero casi nula calidad. El apellido de su autor lo define claramente (Burger = hamburguesa). El mismo Dick Burger es una síntesis de aquellos autores que hace ya 15 años parecía que iban a revolucionar el comic de superhéroes y que resultaron, en la mayoría de los casos, un verdadero bluff basado en dibujos llenos líneas y poses, pero sin guiones sólidos (Todd McFarlane, Jim Lee, Rob Liefeld,…).
El tercero es el cómic que dibuja Sam Zabel, un habitante de Hicksville, y que publica en la revista Pickle. Su Moxie y Toxie hunde sus raíces en el slapstick, en el surrealismo, en Krazy Kat, en Tom y Jerry y en los Katzenjammer Kids. Sam Zabel es, no hace falta ser Sherlock Holmes para deducirlo, el polo opuesto de Dick Burger. Si éste mide su éxito a través de la cantidad de dinero que ha amasado con su Capitán Tomorrow y todo lo que le rodea, Zabel lo sitúa en saber si el trabajo que ha realizado en sus páginas es realmente bueno. Uno y otro estilos de entender el comic se verán confrontados, un tanto maniquéamente, a lo largo de las páginas.
La historia de Hicksville no es una historia lineal, sino que está sembrada de curvas, vueltas atrás o simples paradas para respirar, como sucede con la entrevista al imaginario autor de comics yugoslavo Emil Kópen, que describe los tebeos como unos mapas espacio-temporales, una cartografía que el lector tiene que desentrañar.
Esta narración no lineal es para mí lo mejor de Hicksville, ya que Horrocks ha logrado imprimir esa multiplicidad de ritmos y estilos sin perjudicar la lectura. Al contrario, ésta es sorprendentemente fluída para un tebeo tan lleno de referencias a la historia del cómic. Es precisamente este abigarrado conjunto de referencias el punto débil de Hicksville, el borrón que le hará ser un comic de culto, pero que le impedirá ser apreciado por cualquier lector. ¿Por qué? Bien, un lector habitual de cómics encontrará estas referencias decididamente enriquecedoras, ya que aportan un paisaje de fondo que relaciona la obra ficticia que es Hicksville con la realidad de la industria del cómic, pero para la persona que no suela leer tebeos o que desconozca lo más básico de su historia, encontrará en ellas un muro que dificultará su comprensión y disfrute de Hicksville. Horrocks incluye al final un glosario para no perderse entre autores y escuelas, pero temo que no es suficiente; es más un parche que otra cosa.
En cuanto al dibujo. Bien, no es ninguna maravilla, pero tampoco está mal. Sigue la moda del dibujo sencillo, líneas básicas, esquemáticas, trazos claramente caricaturescos, y todo ello en un blanco y negro, sin grises. En todo caso, puede que en Hicksville la elección de este estilo sea más adecuado que en otros casos en que parece que los autores simplemente siguen una tendencia; en Hicksville lo que hace es acercarlo a lo que podríamos encontrar en un fanzine, medio iniciático de una gran cantidad de autores.
En conclusión: una buena novela gráfica, que hurga en nuestra concepción del cómic, en lo que es a partir de lo que ha sido a lo largo de un siglo y que nos permite preguntarnos sobre nuestros gustos y prejuicios en cuanto lectores, transmitiéndonos muy evidente pero que muchos lectores no parecen tener claro: que los buenos comics (y también los malos) pueden encontrarse en cualquier lugar del mundo sitio, en innumerables estilos y tratando diversas temáticas.
¿Se imaginan a Dios creando el Universo a través de un ordenador, en plan comandos del sistema? Bah, no, en vez de imaginárselo, mejor véanlo aquí.
Simplemente hilarante.
(Aviso nº1: la interfaz de este particular Génesis está en inglés).
(Aviso nº2: lleguen hasta el final)
El pasado sábado, día 23 de septiembre de 2006, falleció el compositor inglés Malcolm Arnold, nacido en Northampton el 21 de octubre de 1921.
Muchos de ustedes lo recordarán por ser el autor de una de las bandas sonoras más famosas de la historia, la de El Puente sobre el Río Kwai (The Bridge on the River Kwai, 1957, David Lean) -si bien la melodía principal que silban los soldados británicos, la Marcha del Coronel Bogey, era una orquestación suya a una música de 1914 de Kenneth Alford- que compuso en sólo 10 días y que, según él, fue el peor trabajo de toda su vida (no sé si se refería a la calidad o simplemente a que fue esos 10 frenéticos días fueron excesivamente estresantes)… bueno, por lo menos que le proporcionó un Oscar de la Academia de Hollywood. Tampoco creo que fuera el hecho de que no le gustara componer para el cine; sería muy extraño en alguien que compuso más de un centenar.
Pero este aspecto es sólo uno de los muchos que tiene su obra, ya que fue un compositor prolífico; vamos, que en ella hay mucho y bueno donde escoger. Por ejemplo, sus composiciones más queridas, sus nueve sinfonías, en las que deja sentir las influencias de Mahler, Shostakovich, de la música folklórica inglesa, de la música popular y del jazz (ésta última fue capital para su elección de instrumento, pues fue oyendo a Louis Armstrong a los doce años cuando decidió hacerse trompetista, llegando, con el paso del tiempo, a convertirse en el trompeta principal de la London Philharmonic Orchestra). Pero la más importante fue la de Berlioz, como reconoció en 1956 en un artículo de la revista Music & Musicians. Es del compositor francés de donde extrae su preocupación por el sonido y la orquestación.
Por supuesto, hay más, mucho más. Conciertos para numerosos instrumentos solistas: piano, clarinete, flauta, oboe, violín, viola, trompa,… Un sinfín de deliciosas obras de cámara, unas veces innovadoras y otras con ese carácter entre clásico, moderno y cierto aire neorromántico tan querido por los músicos de las islas británicas. Música de cámara en la que predominan los instrumentos de viento, por los que sentía predilección. Y si de viento hablamos, no podía dejar de lado la música de banda, para la que compuso un buen puñado de obras.
Este enorme catálogo da una pista sobre la tremenda velocidad a la que componía Arnold. Al hilo de esto, el también compositor inglés Alan Rawsthorne decía que escribía música tan rápidamente que no daba tiempo a que se secara la tinta.
Arnold no fue un vanguardista, pero tampoco alguien demasiado atado por la tradición. Ni demasiado ligero, ni desmasiado abstruso, quizás una de las mejores reflexiones sobre su música sea esta que escribía Keith Anderson en unos comentarios sobre sus sinfonías:
El estilo de Malcolm Arnold se caracteriza por su dominio del lenguaje popular, que ha podido sugerir a algunos cierta similitud con el de la música ligera. En realidad, se trata de un compositor prolífico, de gran envergadura musical y con una sólida técnica, para el que la música proporciona placer, aunque también puede tener un lado más sombrío; una música que puede ser lírica y melodiosa, pero también áspera y difícil de aprehender. Muy pertinentemente, Donald Mitchell ha comparado a Arnold con Dickens: ambos capaces de entretener, pero siendo a la vez perfectamente conscientes de las tribulaciones del hombre, reveladas de manera inquietante en esta notable serie de sinfonías.
Hace tres meses, al hilo de una pequeña crítica aparecida en la revista Scherzo, escribí un post en el que reivindicaba la música de Arnold. En concreto, sus Cuatro danzas escocesas. Pueden leerlo, si no lo hicieron en su momento, aquí.
Y también, cómo no, pueden visitar la web official de Sir Malcolm Arnold CBE.
Actualización 29/09/2006: En uno de los mejores blogs de música clásica, On An Overgrown Path, Pliable traza una semblanza de Arnold centrándose en su novena sinfonía, la última de ellas. Pueden leer el post aquí. Precisamente fue esa la primera sinfonía que yo oí del compositor inglés (y también de toda su obra, si exceptuamos las bandas sonoras) y me parecío tan interesante que enseguida me hice con el resto. [En inglés]
Ayer por la mañana, mientras desayunaba mi tazón de muesli, me encontré en la primera página de El País con una noticia del mundo musical clásico. Algo bastante raro por infrecuente, la verdad. Lógicamente fue lo primero que leí.
A cuatro columnas aparecía una gran foto del director Lorin Maazel en un ensayo de la recién creada Orquesta de la Comunitat Valenciana, con sede en el Palau de les Arts Reina Sofía de Valencia; en el interior, doble página (44 y 45) en la sección de Cultura. El texto lo pueden leer aquí.
Es curioso que a esta recién nacida orquesta ya se le esté abriendo un hueco entre las mejores del mundo…. ¡cuando todavía no ha dado ni un sólo concierto!. Es la opinión de gente relacionada con dicha agrupación (director, gerentes, músicos, ayudantes,etc.) y, leyendo entre líneas, del propio periodista y periódico.
Lo primero que se me ocurre es que una orquesta necesita varios años (y no me refiero a 2 ó 3) para consolidarse, tener su sonido y pulirlo. También para crear cierto clima de grupo entre docenas de personas que no se conocen y que empiezan a trabajar juntas.
Lo segundo es que prejuzgar de la forma en que se hace, sin haber empezado a sonar ante el público es, como mínimo, arriesgado y demuestra la soberbia que solemos tener en este país a la hora de lanzar nuevos “productos”. Se habla del tren más rápido, del puente más alto, de la mejor orquesta, etc. Un escritor, por ejemplo, puede pensar que su última novela será un megaéxito internacional, tanto de público como de crítica. Puede verse recogiendo el Premio Nobel de Literatura. Incluso pueden pensar lo mismo su cónyuge, sus hijos, su cuñada, su canario y, por qué no, su editor. Pero, ¿no sería mejor publicar la novela y ya se verá?.
Por si fuera poco, en la web del Palau de les Arts dice: La calidad de la programación inaugural convierte al Palau de les Arts en referente de la lírica a nivel mundial. ¿No parece que sea darse ya demasiada importancia? ¿Creen que el director artístico del Metropolitan de Nueva York o el del Teatro de La Monnaie de Bruselas miran ávidos la programación de la orquesta del Palau para seguir sus directrices? ¡Pero si es la programación inaugural! ¡Inaugural! ¿Y ya son referentes mundiales? Hombre, un poquito de humildad, por favor.
Ante tal triunfalismo sin todavía causa alguna tan frecuente entre nosotros (y, ojo, espero que sí la haya en un futuro), en estos momentos me viene a la cabeza aquella frase que en la película Pulp Fiction pronunciaba el Sr. Lobo: Bueno, vale, pero no empecemos a chuparnos las pollas todavía.