Beneficios
Humorista, actor y director de cine
1935 Nueva York, EE.UU.
Hace pocos días se inauguró en Coruña la sede de la Fundación Caixa Galicia, obra del arquitecto Nicholas Grimshaw y el Estudio Arup. Al fin, ya que ha podido después de unos enormes retrasos debidos a los restos arqueológicos encontrados en el subsuelo.
La mayor parte de la fachada ya ha sido visible durante meses, pero es ahora cuando se descubre un precioso edificio; moderno, atrevido y cuyo telón de cristal (en el que pueden proyectarse imágenes) recuerda a las galerías típicas de la ciudad y que le han dado el sobrenombre de “Ciudad de Cristal”. Se trata de dos módulos unidos por una “grieta” transparente que funciona como enorme claraboya vertical que recorre todo el frontal y parte posterior del edificio. Es una de sus características más destacables a primera vista. Esa y la inclinación de la fachada principal, a modo de velamen sobre el Cantón Grande (la avenida donde está la Fundación), enfrente del puerto.
Hoy, dando una vuelta con unos amigos, al pasar por allí nos hemos decidido a entrar, ya que no parecía que hubiera demasiada gente dentro. Había que aprovechar el poco barullo. Veríamos cómo era por dentro y, de paso, echaríamos un vistazo a las exposiciones: una de Diego Rivera, otra sobre el escultor Francisco Leiro y la último sobre 10 autores que representan los 10 años que lleva adquiriendo la entidad bancaria fondos para su colección.
Todo ha sido profundamente decepcionante. Vayamos por partes.
El interior del edificio no es adecuado para una sede de exposiciones. Precisamente el telón de cristal que separa las dos partes aísla una de otra, dificulta el recorrido, está desaprovechado (espacios completamente vacíos sin ningún sentido en una ciudad donde el metro cuadrado está por las nubes) y, eso sí, queda muy bien, pero nada más.
Las puertas son difíciles de abrir. Porque sí, hay que abrirlas: todas están cerradas. Son muy pesadas y no es adecuado ponerlas en un espacio que está pensado para recorrerse (no es un edificio de oficinas y despachos, en los que puede requerirse cierta intimidad y aislamiento). Por no decir que es incómodo para disminuidos físicos o simplemente para una persona con un carrito de niño. Hubiera sido mejor no ponerlas, dejarlas permanentemente abiertas o que fueran automáticas (aunque el ruido de esta última opción sería molesto).
Hay muchos empleados diciéndote por dónde debes ir. Y no me extraña, porque el aparentemente sencillo recorrido (cada sala tiene dos puertas) se hace terriblemente complicado: no hay ninguna señalización y es necesario abrir puertas, subir escaleras, cruzar plataformas,… En un momento dado quisimos volver atrás para ver unos cuadros que en su momento no pudimos contemplar porque había un grupo muy grande de personas allí atendiendo una explicación de una guía, pero una chica nos indicó que esa era la puerta de salida; la de entrada era aquella, al fondo a la derecha. Yo no dije nada, pero le eché una mirada a la puerta, luego a ella y fui por donde me dijo, como diciéndole que sería la salida, pero allí no pone nada y yo no soy adivino y, coño, que tampoco estoy cruzando una autopista a pie. Vamos, un horror de recorrido.
En la sala superior incluso hay una especie de cubo hueco al que se sube por unas escaleras y que permite al visitante contemplar algunas obras desde otra perspectiva. Y esto estaría bien… si las obras fueran adecuadas para ello, pero si no lo son, lo único que hace el cubito es molestar. Y mucho. Reduce el espacio, tanto de exposición como de tránsito.
En cuanto a las exposiciones…. espacios reducidísimos, inadecuados de todo punto para contemplar según qué obras (un cuadro de gran formato no se puede ver a menos de un par de metros de distancia). Textos explicativos mal diseñados, ya que estaban en gallego, castellano e inglés, pero los dos últimos no tenían mucha diferencia de color, y nula tipográfica. Y peor colocados, ya que normalmente estaban situados de tal manera que se entorpecía el paso de la gente, haciendo un tapón (lo juro) o bien evitaban la simple contemplación de una obra. Cosas que yo pensaba que cualquier persona dedicada a montar exposiciones debería saber tan bien como el abecedario (pero va a ser que no). Incluso hay cosas raras como tener algunos textos en placas de metal que reflejan luces y la gente pasando, con lo que la lectura se hace imposible (yo mismo ni me molesté en leerlas cuando vi que tenía que variar mi posición a cada línea para poder ver qué narices ponía).
En fin, una experiencia decepcionante y que no me esperaba en absoluto. Todo lo contrario, esa asombrosa fachada prometía un interior lógico e interesante, y al final se ha convertido en un edificio para hacerse fotos. Lástima.
En 1927, un escritor llamado E. B. WHite le presentó a Harold Ross, fundador y director de The New Yorker a un tipo que escribía unos divertidos relatos y que además dibujaba, un tal James Thurber. Ross lo contrató, pero ni como escritor ni como dibujante, sino en labores editoriales que a Thurber debían de parecerle de lo más aburridas, ya que empezó a cometer errores a posta para que lo cambiarán a otra sección; en concreto, a la humorística “Talk of the Town”. Ross no picó el anzuelo, así que Thurber empezó a escribir artículos que envíaba a la redacción bajo pseudónimo. Ross lo descubrío y le echo una bronca, a cuyo final, viendo que él mismo ya había cumplido con la obligatoria descarga adrenalínica patronal e intuyendo que Thurber seguiría en su empeño, añadió que si tenía que escribir, pues vale, que escribiera… y así acabó contratándole como escritor. Gracia a ello, The New Yorker pudo contar en su nómina a un humorista de primera fila, alguien que miraba y retorcía la vida cotidiana de forma que el lector pudiera dibujar una sonrisa y hacer un guiño cómplice a los personajes que protagonizaban sus cortos (a veces mínimos) relatos.
Los relatos de Thurber son pequeños estudios sobre lo que de irracional y estúpido tiene el comportamiento humano. No son bellos cuentos ni narraciones recargadas con metáforas e imágenes expresadas con sonoras y complicadas palabras. Antes al contrario, utilizan un lenguaje sencillo y bastante directo, permitiendo una rápida identificación con la vida cotidiana. Pero Thurber muestra las escenas de forma que la realidad que las sostiene parezca incoherente; por ejemplo, poniendo en primer plano tontos comportamientos sociales o desdramatizando pequeñas tragedias personales, consiguiendo exponer sus críticas a la vida de cada día, a sus convencionalismos, sin perder cierta mirada cómplice y cariñosa con sus personajes.
La semana pasada acabé de leer un pequeño libro de relatos cortos suyo, entre los que se incluye el famoso La Vida Secreta de Walter Mitty, posteriormente llevada al cine con Danny Kaye dando vida al imaginativo Walter. Un pequeño libro de unas 150 páginas perfecto para poder leer un relato de vez en cuando, en medio de otras lecturas, saboreándolo de uno en uno y dejando que repose antes de iniciar el siguiente. He pensado que podía aprovechar y ponerles aquí una de las microfábulas que se inlcuyen en esta recopilación, una que me hizo soltar más de una carcajada mientras la leía, recordándome el humor absurdo de los Hermanos Marx o de los más cercanos, en el espacio y en el tiempo, Faemino y Cansado (un absurdo alocado) o Les Luthiers (un absurdo controlado). Después de leerlo, ¡quién sabe!, a lo mejor les pica la curiosidad por leer más cosas de este autor. Si éste es el caso, el libro donde aparece el microrelato y que acabo de terminar, pueden encontrarlo fácilmente: La Vida Secreta de Walter Mitty , de James Thurber, Ed. El Acantilado (ISBN: 84-96136-75-2)
Había una vez un búho que, en una noche sin estrellas, estaba posado en la rama de un roble. Dos topos intentaron pasar por ahí en silencio, sin ser vistos. “¡Tuuú!”, exclamó el búho. “¿Quién?”, contestaron los topos con voz trémula, muertos de miedo y asombro, porque no podían creer que nadie fuera capaz de verlos en aquella oscuridad tan honda. “¡Tuuú y tuuú!”, dijo el búho. Los topos salieron corriendo a contarles a los demás animalitos del campo y el bosque que el búho era el más grande y sabio de los animales porque veía en la oscuridad y contestaba a todas las preguntas. “Ya iré yo a comprobarlo”, dijo el pájaro secretario y fue a visitar al búho otra noche muy negra. “¿Cómo se llama el ave de bello colorido que tiene una cola larga de la que asoman dos plumas en forma de raqueta?”, le preguntó el pájaro secretario. “Tuu… tuú”, contestó el búho. Y efectivamente, había acertado. “¿Y cómo dicen ’sí’ los franceses?” “Uuii… uuii”, contestó el búho. “¿Cómo se llama la falda de las bailarinas?”, inquirió el pájaro secretario. “Tuu… tuú”, contestó el búho.
El pájaro secretario volvió a toda prisa junto a las demás criaturas del bosque y les refirió que el búho era en verdad el más grande y el más sabio de los animales del mundo porque veía en la oscuridad y contestaba todas las preguntas. “¿Y de día también ve?”, preguntó un zorro. “Sí”, respondieron al unísono un lirón y un perro caniche. “¿Y de día también ve?”. Todos los demás animales rieron a mandíbula batiente ante aquella pregunta tonta y se abalanzarón sobre el zorro y sus amigos y los echaron de la comarca. Entonces mandaron un mensajero a ver al búho para pedirle que fuera el jefe de todos.
Cuando el búho se presentó ante los animales era mediodía y el sol brillaba con fuerza. Caminaba muy despacio, lo cual le daba un aire de gran dignidad, y miraba alrededor con sus enormes ojos miopes, lo que le daba un aire de infinita importancia. “¡Es Dios!”, cacareó una gallina Plymouth Rock. Y los demás le hicieron coro, “¡Es Dios!”. Y así, lo siguieron a todas partes, y cuando el búho empezó a topar con las cosas, los animalitos también toparon con las cosas. Finalmente, al llegar a una carretera de cemento, el búho se puso a andar justo en medio y los demás animalitos fueron detrás de él. Al cabo de nada, un halcón, que hacía de batidor, vio que un camión se dirigía hacia ellos a más de setenta kilómetros por hora; avisó al pájaro secretario y el pájaro secretario avisó al búho, y luego le preguntó: “¿Sabías que el peligro acecha allá adelante?”. Y el búho le contestó: “Uuii… uuii”. A continuación, el pájaro secretario inquirió: “¿Y qué ruido hace el peligro que nos acecha?”. “Tuu… tuuú”, respondió el búho y en eso el camión tocó la bocina. “¡Es Dios!”, volvieron a gritar los animalitos, y seguían gritando “¡Es Dios!” cuando el camión les dio de lleno y les pasó por encima. Algunos animales sufrieron heridas leves, pero casi todos los demás, incluido el búho, murieron.
Moraleja: Se puede engañar a demasiadas personas durante demasiado tiempo.
Ingredientes
Tiempo aproximado:50 min.
Calorías:
Modo de preparación
Antes de nada picamos la cebolla y el ajo y pelamos los huevos cocidos.
En una cazuela echamos un poco de aceite, salpimentamos los trozos de pollo y los sofreímos un poco. Los sacamos y los reservamos aparte.
Añadimos un poquito más de aceite a la cazuela si vemos que ya no tiene. Echamos la cebolla y el ajo picados a la cazuela y los sofreímos a fuego bajo, para que no se quemen. Salamos un poco. Mientras se va haciendo la cebolla y el ajo (vigilar y remover de vez en cuando), cogemos un mortero y le echamos la almendra molida y las yemas de los huevos cocidos (las claras las reservamos para más adelante). Mezclamos bien y luego añadimos esto a la cazuela. Removemos un poco y echamos el vino blanco, controlando el espesor y la evaporación de la salsa. Dejamos hacer un minuto o dos.
Es la hora de echar el pollo, así que… hop, a la cazuela también. Removemos, mezclando bien y subimos a fuego alto hasta que empiece a cocer, momento en el que lo dejaremos hacer a fuego bajo aproximadamente media hora.
Poco antes de que acabe de hacerse, picamos las claras de los huevos cocidos o bien las cortamos en gajos, y se las añadiremos un poquito antes de servir.
El nivel del periodismo en España está alcanzando unas cotas mínimas increibles. Se cometen errores de principiante. Perdón, de principiante no, que yo no soy periodista y el que les voy a mostrar no lo tendría ni “jartovino”, que diría el otro. En la página web de La Voz de Galicia del día de hoy (24/03/2006), en su sección de A Coruña, aparecen los siguientes titulares de noticias locales, entre otras:
Vamos a ver, señores redactores (desde el periodista que escribió la noticia hasta el supervisor que no la supervisó)… ¿cómo se llama la banda? Bueno, vamos a comprobar si en el desarrollo de la noticia se da el dato.
Uy, sí, lo dice allí, medio escondido. Incluso se nombre antes el título del nuevo disco. Ole, ole y ole.
¡Y yo que creía que las facultades de Periodismo y la propia experiencia laboral les enseñaban a estos profesionales a escribir de forma que se dieran los datos de forma clara y ordenada! Pues va a ser que no, “mirusté”.
ACTUALIZACIÓN: Compruebo en la edición impresa que el nombre del grupo aparece entre el nombre de la “columna” (En dos minutos) y el titular de la noticia, de modo que el que no aparezca en la web se debe a haber escogido mal lo que debe aparecer en ésta, proceso en el que no creo que tenga opinión el periodista que redactó la noticia (aunque él o el redactor jefe podían advertir de estos errores al departamento que se ocupe de estos menesteres) . El periodista, al final, no tenía la culpa: le pido disculpas por ello.