Música visual : Tríptico botticelliano (Ottorino Respighi)
Creo que a nadie sorprenderá que diga que Maurice Ravel (1875-1937) fue uno de los más grandes orquestadores de la historia. Alguna vez hemos hablado sobre ello y es algo en lo que, en líneas generales, todo el mundo está de acuerdo. Pero, como es de suponer, no ha sido el único compositor que ha descollado en ese campo. El protagonista del post de hoy es un compositor contemporáneo de Ravel conocido por un reducido puñado de obras (aunque su catálogo sea más amplio)… y también por su oficio en la utilización de la orquesta. Comencemos.
Justo al empezar el S.XX viajó a Rusia un joven músico italiano. Allí se ganó la vida como viola en la Orquesta Imperial de San Petersburgo, aprovechando su estancia en dicha ciudad para estudiar con uno de los compositores más importantes de su tiempo: Nikolai Rimsky-Korsakov (1844-1908). Es de él de quien hereda su gran y refinado dominio de los colores orquestales y cierto gusto por las melodías y armonías con cierto regusto oriental. Por otra parte, el nacionalismo musical que practicaba Rimsky-Korsakov, acudiendo al folklore de su país, también fue una fuente de inspiración para él, ya que mantuvo durante toda su vida un vivo interés por la música italiana de la época medieval y renacentista. Este joven italiano no era otro que Ottorino Respighi (1879-1936).
Hoy nos centraremos en una de sus obras más conocidas, tres movimientos que compuso en 1927 cuya inspiración fueron sendos tres lienzos del pintor italiano Sandro Botticelli (1446-1510): el Tríptico botticelliano.
La obra de Respighi surgió como un encargo de la Fundación Elizabeth Sprague Coolidge de EE.UU., después de que el propio compositor hubiera presentado un concierto suyo en una sala de conciertos que la Sra. Coolidge había donado a la Biblioteca del Congreso había donado. Respighi acudió al pasado de su tierra para encontrar en el Renacimiento italiano la inspiración necesaria para acometer la obra. Además, eso le permitió incorporar las músicas de la antigüedad que tanto adoraba.
1. La primavera
Este lienzo fue un encargo de la familia Medici para decorar una de las estancias de su fabulosa villa y fue pintado en 1478. En él podemos contemplar una serie de figuras sacadas de la mitología griega y romana. A la derecha aparece Céfiro, el dulce viento del oeste que se encarga de hacer brotar las flores en primavera. Mas en el cuadro de Boticelli no parece un ser tan alegre, ya que le dió una tonalidad azulada que contrasta con los colores más cálidos de los demás personajes y, por si fuera poco, le dió a su rostro un ceño casi de enfado (ya sé que está soplando, pero parece enfadado). Céfiro agarra con sus manos a la bella ninfa Cloris… yo diría que este vientecillo no tiene muy buenas intenciones.
¡Y tanto! Aquí, el juguetón diosecillo lo que va a hacer es algo muy común en aquellos tiempos y con este tipo de seres mitológicos: violarla. Claro que se ve que aún le quedó un ápice de humanidad (¿de “vientecidad”?) y luego se casó con ella, convirtiendo a Cloris en Flora, la diosa de la primavera, que aparece justo a su derecha con su vestido cuajado de flores.
En el centro del cuadro tenemos a Venus, saludando al espectador (hola, qué tal), con un cupido revoloteando sobre su cabeza. Luego a las tres Gracias, seguidas de Mercurio, un dios asociado al mes de mayo.
Pero vayamos a la música. Respighi va a convertir la aparición de la primavera en un despliegue de color y brillo: fulgurantes escalas de flautas y violines, con un brillo especial que surge del pequeño conjunto que forma el piano, la celesta y el arpa (grupo tan importante en esta obra), destellos sobre los que resplandecen las llamadas de las trompas y las trompetas (asociadas al mundo de la naturaleza).
Ya en este comienzo se nota que estamos ante un compositor que es capaz de conseguir asombrosos efectos con una orquesta relativamente sencilla. Pero sigamos con esta pieza. En ella el ambiente alegre y bocúlico coexiste con esos rasgos centelleantes de la música mezclados en danzas que Respighi trae del pasado y adapta a su paleta. He aquí la continuación del episodio anterior, con una danza campestre a cargo del… ¿fagot?
Esta danza se transforma rápidamente en algo todavía más saltarín:
Después de unos breves segundos en los que parece que la música va a oscurecerse, Respighi la aligera bruscamente para hacer un brevísimo ejercicio de aceleración y frenado, tanto rítmica como en el número de instrumentos que participan. Por cierto, fíjense en la utilización del grupito piano/celesta/arpa. Al final, el clarinete deja en suspenso la frase…
Lo siguiente que hará Respighi es acudir a uno de los grandes compositores italianos de todos los tiempos: Claudio Monteverdi (1567-1643). Va a citar un madrigal-chacona perteneciente a sus Scherzi musicali (Bromas musicales), el titulado Zefiro torna (Céfiro regresa), adecuado tanto al cuadro y su motivo mitológico como al aire antiguo (en cuanto a los tempos de danza) con que Respighi ha revestido la obra.
Y es de la siguiente manera como se inspira Respighi en él, creando el motivo más memorable de esta pieza (sólo les pongo el comienzo):
Pero esto no podía quedar así. La riqueza tímbrica que tiene Respighi en su cabeza se despliega en esta simple frase para transformarse en una catarata de sonidos gracias a la introducción de flauta, flautín, celesta y violines (dejando flotar delicadamente el sonido en el ambiente a los últimos):
Pasemos ahora al segundo movimiento.
2. La Adoración de los Magos
El segundo cuadro que forma parte de este tríptico es la adoración de los Reyes Magos a Niño Jesús, pintado alrededor de 1476. Contemplémoslo:
Vaya, aquí hay bastante gente. Desde luego, los Tres Reyes Magos de Oriente llevan un numeroso séquito. Y esos ropajes… mmmmm, muy del siglo I no parecen, no. Ah, es que Boticelli pintó a los Médici (Cosimo, su hijo Giovanni y su nieto Giuliano) y a otros personajes en este cuadro, un tipo de homenaje muy habitual en la época. Es más, el propio pintor nos mira desde el extremo derecho, con un gesto entre burlón y orgulloso. En definitiva, que no es la típica escena pastoral y recogida que todos tenemos en mente.
Respighi va a relacionar este cuadro con una música de carácter procesional vagamente orientalizante, dando la idea de una caravana de personas sabias que vienen de un lejano país al este. Y es así como inicia la pieza, con una meditativa frase cuya sonoridad bien puede hacernos pensar en un viejo sabio, y cuyo ritmo simula una lenta marcha:
Los toques orientales también pueden percibirse en esa melodía, pero quedan bastante más claros un poco más tarde:
En los últimos segundos de este ejemplo, Respighi acude a uno de los villancicos más antiguos de la cristiandad: el himno Veni, veni, Emmanuel, del que pueden ver a continuación los primeros compases:
Respighi utilizará este himno a lo largo de toda la pieza, e incluso añadirá uno más proveniente de un antiguo villancico italiano: Bambino divino
En fin, camellos, Oriente, villancicos… yo creo que adecuado para una Natividad, ¿no?
Pero antes de pasar al último movimiento, una curiosidad sin importancia. Yo, cuando oigo el violín de este trocito, siempre me viene a la mente la película Ben-Hur. Bueno, época parecida, misma zona,… la típica conexión que se hace al oír ciertos sonidos.
3. El Nacimiento de Venus
Si Boticelli tiene un cuadro más conocido que los demás, incluso por encima de La Primavera, ese es El Nacimiento de Venus, pintado sobre 1482.
¿Qué tenemos aquí? Pues a Venus, que desembarca en tierra firme a bordo de una concha gigante gracias a los buenos oficios de los Céfiros, momento en el que otra figura, claramente similar a la diosa Flora del cuadro de La Primavera, se dispone a darle unos ropajes, la muy recatada.
Para esta escena en la que la belleza pone sus pies sobre la Tierra, Respighi guarda la música más extraña de toda la obra; estática y profundamente meditativa, pero con una belleza que parece desplegarse ante nuestros oídos conforme Venus se acerca a la orilla empujada por las olas.
Sus elementos son pocos: un motivo oscilante…
… sobre el que se asientan tres grupos de tres notas cada uno, los dos primeros ascendentes y el último descendente, que configuran un motivo que no llega a ser una melodía, sino más bien una especie de salmodía…
… a los que sigue un arabesco de flauta y clarinete…
… y, por último un motivo que avanza en amplios intervalos, a grandes saltos:
Respighi no necesita nada más, ya que lo que va a ir haciendo es incrementar la intensidad y la riqueza tímbrica de la música. He aquí un ejemplo:
El momento culminante del movimiento es aquél en el que la belleza personificada por Venus pone sus pies en la arena de la orilla. En ese instante la música asciende, con la ayuda del grupo piano/celesta/arpa que tanto juego ha dado en toda la obra, para culminar en un acorde deslumbrante que a mi no me suena del todo bien. Es como algo demasiado puro, demasiado hiriente. ¿Quizás no se pueda soportar contemplar tal cantidad de belleza en ese estado primordial?
Después de un silencio que parece durar una eternidad, la música empieza de nuevo, reposada, y se va desvaneciendo poco a poco, frenando su impulso rítmico hasta desaparecer, dejando en el aire los ecos de ese momento anterior. Con este final les dejo:






