En 1993, Milan Kundera, el escritor checo nacionalizado francés que se dio a conocer a nivel mundial con La insoportable levedad del ser, publicó un libro de ensayo sobre ciertos aspectos de la historia de la literatura: Los testamentos traicionados.
He dicho sobre ciertos aspectos y es que no es una exposición de las corrientes y autores de los últimos cinco siglos, sino que más bien es un acercamiento alrededor de la forma en que se construyen las novelas y como son percibidas luego por los lectores, los críticos o los estudiosos.
Kundera divide esta historia de la literatura en dos grandes tiempos. El primero, que él identifica con Rabelais, Cervantes o Fielding, se caracteriza por autores que cuentan historias, que relatan hechos, sin intentar dar a lo que cuentan una estructura premeditada. Se limitan a exponerlas, dando así más importancia a otros aspectos como la imaginación, el humor o la improvisación. Es más tarde, en el segundo tiempo, cuando los escritores son conscientes de la literatura como arte y empiezan a preocuparse de otras cosas: estructura, narradores, paralelismo de acciones, elipsis temporales, etc. Todas estas “herramientas” como elementos de su propio estilo. Este segundo tiempo tendría su momento culminante en el S.XIX, con Balzac, Proust o Dostoyevsky.
Aún así, Kundera deja entrever que a partir de cirtos escritores, principalmente Kafka y Tolstoi, parece que se vuelve a las características de la primera época, aunque matizadas por la de la segunda. Una especia de compromiso de ambas (aun predominando la primera)
Así, va exponiendo en una larga disgresión (algo en lo que es un especialista y que está relacionado, precisamente, con la narración un tanto “desbocada”, continua) cómo, por ejemplo, los exégetas de la obra de Kafka han reducido ésta a poco más que su objeto de estudio, sin darle importancia a lo que de narración tienen, al placer de las propias historias que se cuentan, habiéndolas distorsionado al identificar a los protagonistas de ellas con el propio autor, cosa que en ningún momento éste pretendió, o bien dándoles un carácter mucho más serio del que tienen, ya que Kundera sostiene que están llenas de humor (pone algún ejemplo). También nos cuenta cómo los traductores han distorsionado gravemente en algunos casos el estilo de los escritores, modificando el carácter de las escenas; en concreto hace un apología de la repetición como un elemento que da significado. Otros ejemplos sobre la vuelta al pasado del arte o sobre la utilización del lenguaje hacen que Kundera nos lleve a comparar de forma interesantísima la literatura con la música; en concreto con la de Bach, la de Stravinsky y la de Janacek.
En resumen, Los testamentos traicionados es una obra lúcida sobre el arte de escribir, que aporta una nueva luz sobre la literatura, sobre ciertos autores (Kafka el principal) y sobre su estudio.