La evolución de la sinfonía que empieza (por poner un comienzo) en Haydn, y termina en Mahler, a través de Mozart, Beethoven y Brahms, entre otros, muchas veces deja de lado a autores que, por unos u otros motivos, no se considera que hayan dado a ese tipo de estructura musical una aportación determinante. Entre éstos hay compositores de todo tipo: Shostakovich, Sibelius, Vaugham-Williams,…
Siempre me ha parecido un poco estrecho el considerar una sinfonía como una forma establecida, acabada, y el hecho de incluir a Mahler como cierre de esa evolución, sabiendo que sus piezas eran mundos en miniatura (y no me refiero, lógicamente, a su extensión, ya que muchas superan con creces la hora de duración), hace que incluya en esa misma senda a los autores que cité anteriormente.
En este caso concreto, al finlandés Jean Sibelius (1865-1957). La mayoría de la gente que no suele escuchar música clásica sólo conoce su archifamoso Vals triste, ya que seguramente habrá algún anuncion publicitario o banda sonora de alguna película que lo haya utilizado. Su obra está dividida en 2 partes diferenciadas y, a la vez, complementarias, ya que son permeables la una a la otra: los poemas sinfónicos y las sinfonías.
Entre los poemas sinfónicos, los hay tan impresionantes musicalmente como Tapiola y tan determinantes políticamente como el nacionalista Finlandia, y es que Sibelius, sobre todo, tuvo su mayor fuente de inspiración en el rico folklore finés, tan lleno de leyendas.
Pero hoy déjenme hablar de sus 7 sinfonías. El estilo de composición de Sibelius siempre está asociado a esas dos palabras mágicas que son crecimiento orgánico. Pese a los tópicos, me parece una elección del término muy acertada, ya que las células musicales van creciendo ante nuestros ojos (nuestros oídos), transformándose, sin terminar nunca de tener una forma definitiva, por mucho que dentro de ese crecimiento aparezcan temas muy reconocibles. A veces, toda una sinfonía parte de 2 simples notas o, el caso que me parece más increible, la semilla de la Sinfonía nº4, que parte de una simple escala ascendente, algo que en música es ridículo de tan simple y obvio… pero Sibelius la empieza a trocear, a reordenar, a transformar y a poner en evidencia a traves de tritonos para darnos una de sus obras más sombrías, más austeras.
Antes decía que el folklore de su país impregnaba sus poemas sinfónicos. En el caso de sus sinfonías no son los temas folklóricos, sino la naturaleza en sí, esa naturaleza amenazante y primigenia que aparece en las sagas nórdicas, que rodeaba su existencia en un país con bosques eternos y miles de lagos. Y esta naturaleza, combinada con el crecimeinto orgánico, crea un gusto especial por el movimiento.
Pero no cualquier movimiento, sino el polimovimiento (por llamarlo de alguna manera). Esto es, movimientos a distintas velocidades, pero observados (oídos) a la vez, como en la Sinfonía nº5, donde a veces la cuerda va a ráfagas rápidas, mientras los metales exponen otro tema lentamente y las maderas todavía ralentizan más el discurrir de la música. Todo a la vez, diferentes velocidades, creando una serie de planos en movimiento que recuerdan a la propia estructura de la naturaleza, en la que diferentes ritmos biológicos y naturales concurren: los lentos de la propia tierra con los medios de las plantas y los rápidos de los animales. Entiéndanme bien, no es que la música parezca una postal natural, una foto de la naturaleza, sino que sus estructuras son similares. Para entenderlo, ¿por qué no se hacen con alguna de las múltiples versiones de estas sinfonías y lo descubren por sí mismos? Si es así, mi consejo está claro: las números 4, 5 y 7. Dentro de ellas, la 5 y la 7 me parecen las mejores para un primer acercamiento, ya que la nº4 puede ser un poco dura para una toma de contacto inicial.