A mediados de los años 70, cuando yo tenía unos 10 ó 12 años, mis amigos se dividían en dos grupos que eran permeables entre sí (ya que sus componentes podían pertenecer también a ambos): los del cole y los del barrio. Entre los del barrio había un subconjunto: los del edificio.
Ahora no se ve mucho en las ciudades, pero antes los críos del edificio nos juntábamos para darle patadas a un balón de fútbol, irnos con las bicis a otros pueblos o comer el bocadillo de la tarde mientras jugábamos a las chapas.
Uno de estos amigos del edificio tenía en su habitación un tebeo que me dejaba siempre que se lo pedía… y se lo pedía muchas veces porque era fascinante por su colorido y por la historia que contaba. Se trataba de Los 12 Trabajos de Hércules, de Miguel Calatayud.
“Los 12 Trabajos de Hércules”, de Miguel Calatayud. Ed. Trinca (años 70)
Supongo que a la mayoría de los niños nos han interesado alguna vez el mundo mitológico griego (y su hermano menor romano). En él, y para un chaval de mi edad, los 12 trabajos herculinos eran el no va más de la heroicidad. Un tipo que iba en pos de animales salvajes como leones y jabalís, de otros mitológicos como la Hidra, un señor que era capaz de limpiar unos establos que, por lo que se deducía del texto, debían ser más grandes que el edificio más grande del mundo, y que encima poseía la picaresca de un ladrón para conseguir unas manzanas y un cinturón… en fin, ese tipo tenía que caerte bien.
Pero es que eso no era todo. El dibujo que materializaba esas extraordinarias aventuras era impactante: un glorioso colorido y unas imágenes modernas que poco tenían que ver con las otras aventuras que yo había leído hasta entonces. No es que fueran mejores, sino diferentes a los Asterix, Tintín, Mortadelo o Roberto Alcázar. Veías los dibujos de Calatayud (en esa época por supuesto ni sabía quién las dibujaba ni me importaba) y pensabas que Hércules, Euristeo, Hipólita y los demás personajes eran gente “a la última”, como la que adivinabas cuando veías la portada del single del Yellow Submarine (Calatayud bebe del estilo de George Dunning). Los colores eran espectaculares en su combinación y en su uso a modo de ilustración. Dicen que Calatayud consigue con ellos dar la sensación de movimiinto, algo que no comparto. Al contrario, a mí me da la impresión de una hermosa estaticidad, una similar a las de los códices medievales que pacientemente iluminaban los monjes con aquellos colores tan vivos. Era una modernidad que tenía su base en la antigüedad.
Y por supuesto, esa base también se remontaba a la Grecia clásica en la utilización de esquemas que encontramos en la decoración de dicha época: en jarrones, en frisos, en vajillas. Calatayud los tralada al tebeo en la posición corporal de los personjes, con sus perfiles forzados y también en la sucesión de figuras murales que muestran, por ejemplo, unas sirvientas portando vasijas o unos guerreros con escudos y lanzas. Estas dos formas de integrar el arte griego en el comic pueden observarse en la siguiente imagen (la primera página del tebeo (la viñeta con las cuatro sacerdotisas en procesión y, en la siguiente, la posición de Hércules a los pies del oráculo).
Primera página de “Los 12 Trabajos de Hércules”, de Miguel Calatayud. Ed. Trinca (años 70)
Este comic acaba de ser felizmente rescatado de su sueño de casi cuarenta años (se publicó en 1972) por la Ediciones de Ponent en una magnífica edición, con su cubierta renovada y una serie de artículos para poner en contexto la obra y el autor. Para mí, uno de esos tebeos que deben de estar sí o sí en la biblioteca de cualquier aficionado al tebeo. En realidad, en la biblioteca de cualquier persona que guste de leer y ver. Si bien Los 12 Trabajos de Hércules no es perfecto (sus abruptos enlaces entre aventuras no son de mi agrado, me dan la impresión de cierto descuido), pasar sus páginas y descubrir su imaginería pop es toda una delicia.
“Los 12 Trabajos de Hércules”, de Miguel Calatayud. Reedición por la Ed. Ponent Mon (2010)
