Yo no compongo principios, sino música.
Arnold Schoenberg, en una carta a René Leibowitz enviada desde Los Ángeles el 01/10/1945.
El filósofo Theodor Adorno escribió en los años 60 en su ensayo Crítica cultural y sociedad que no podía haber poesía después de Auschwitz. Si esto es lo que creía en esos años, imaginen que habría pensado un poco antes, en 1947, con los campos de concentración y todo su horror recién descubiertos hacía dos años, sobre una obra musical que tratara precisamente sobre el Holocausto. Esa obra es Un superviviente de Varsovia, del compositor austriaco Arnold Schoenberg.
Adorno, además de filósofo, también era musicólogo e incluso había estudiado composición con Alban Berg, alumno a su vez de Schoenberg (el sello CPO editó unos cuartetos suyos junto con obras de Hans Eisler y WERGO un doble CD con composiciones suyas de diferentes tipos).
Theodor W. Adorno
En el texto de su ensayo no nombraba explícitamente la obra de Schoenberg (aunque años más tarde sí que se refirió a ella) y lo que en él venía a decir era que al poner imágenes, aunque sólo fueran musicales, al tremendo sufrimiento de las víctimas en cierto modo se traicionaba a éstas. No sólo eso, sino que estas obras eran interpretadas para aquellos que habían provocado los horrores de la guerra y que ahora eran capaces de disfrutar con ellas (aquí se refería, entre otros, al público germano). No es de extrañar que Adorno viera en esta situación una perversa e injusta contradicción.
Según el filósofo, y tal y como yo lo entiendo, el arte no debería entrar en ciertos temas, ya sean el Holocausto o, en nuestros días, Darfur, pues banalizaría asuntos que, por su importancia, su trascendencia y el sufrimiento físico y psicológico de las víctimas, es aconsejable evitar aligerarlos aunque sólo sea un gramo.
Este es un debate clásico en el mundo del arte y llega hasta nuestros días. Sin salirnos del tema Holocausto, podemos recordar las críticas no cinematográficas que debió escuchar y leer Roberto Benigni cuando estrenó La vida es bella, película que a mí no gusta, aunque por motivos diferentes al de su tratamiento de los campos de concentración. Y si pasamos al vecino asunto de la 2ª Guerra Mundial, tenemos las ampollas que levantaba la serie de humor británica ‘Allo ‘Allo! en el propio Reino Unido (!) por parte de los veteranos de la contienda mundial y otros, que veían en las aventuras de René una burla de los héroes de la Resistencia y los aviadores de la R.A.F.
También podríamos hablar sobre la utilización de ciertas obras como declaraciones sociales o políticas, como sucedió el pasado mes de noviembre de 2009 con precisamente Un superviviente de Varsovia, una de las obras escogidas para el concierto conmemorativo de la caída del muro de Berlín que dirigió Daniel Barenboim, una elección que personalmente me pareció un tanto desacertada (no sé quién fue el responsable de confeccionar el programa de dicho concierto, si el propio director u otras personas). Salvando las distancias, parecía el típico aguafiestas que, cuando estás en un restaurante celebrando tu cumpleaños con tus amigos, te recuerda el hambre que se pasa en el mundo. Todos sabemos qué es lo que sucedió en Alemania hace 70 años, pero sinceramente creo que lo que se celebraba en Berlín aquel día era otra cosa y recordarles a todos aquellos hechos en plan Pepito Grillo no venía a cuento. Sea como sea, el caso es que ver Un superviviente en Varsovia únicamente como una obra musical es bastante difícil; sus connotaciones están demasiado presentes como para obviarlas.
Pero ya volveremos sobre este debate al final del post. Ahora ocupémonos de la obra en sí.
Su origen hay que buscarlo en la bailarina y coreógrafa judía de origen ruso Corinne Chochem, que investigó y recopiló danzas hebreas de Palestina y organizaba pases de ellas en Nueva York. En 1947 esta mujer sugirió a Schoenberg, que se había establecido en Los Ángeles en 1934, una escena de música y danza que podría tener lugar durante el ghetto de Varsovia, una escena donde unos judíos comenzaban a cantar justo antes de morir. Por supuesto la música tendría que tener referencias a la tradición musical judía.
A Schoenberg le interesaba el encargo… pero aún más le interesaba el dinero, sobre todo en una época en que su música era ignorada en las programaciones de los conciertos. Así que le envió una carta a Corinne Chochem indicándole que por ese encargo, una pieza de entre 6 y 9 minutos de esas características (coro y orquesta), le cobraría 1.000 dólares, añadiendo que en el precio se incluían los derechos para grabar la pieza en discos y poder venderlos. Esa tarifa, según él, no era muy alta, ya que por una obra de formato similar, pero de entre 4 y 5 minutos (el Preludio al “Génesis” Op.44, de 1945), había cobrado 1.500 dólares.
Arnold Schoenberg (© Florence Homolka 1948)
Pero aunque Schoenberg redujera considerablemente su tarifa, Chochem no podía llegar a pagar esa suma de dinero, por lo que no se llegó a ningún acuerdo. Chochem había apelado a la importancia que la pieza podía llegar a tener en la vida cultura judía (recordemos que era el año 1947, año del episodio del navío Exodus y también de la Resolución 181 de la ONU que declaraba la partición de Palestina), pero el compositor dejó bien claro que ya había hecho muchas cosas por motivos idealistas y que esta vez no podía dejar de cobrar por su trabajo. (Por cierto, al salir de Alemania en 1933, justo después de la ascensión de Hitler, comentó en cierta ocasión que “nada haría en el futuro sino trabajar por la causa judía”).
Ya he dicho que Schoenberg no pasaba por momentos económicos boyantes en aquel entonces, así que lo que hizo fue recolocar la obra a la Fundación Koussevitzky. La razón era que tres años antes, en 1944, este organismo le había ofrecido 1.000 dólares por una pieza a estrenar, ofrecimiento que repitió en 1947. ¿Qué mejor que aprovechar la idea de Chochem para llevar a cabo ese encargo?.
Con la Fundación Koussevitzky detrás era de suponer que la obra, compuesta en sólo 13 días, fuera estrenada el propio Serge Koussevitzky a la batuta de una de las orquestas más importantes del país, la Sinfónica de Boston, pero en ese momento entra en escena Kurt Frederick, un músico austriaco refugiado en el lejano Alburquerque, una ciudad de Nuevo México que parecía el sitio menos propicio para la música de Schoenberg. Frederick escribió al compositor para pedirle que le dejara estrenarla con su Orquesta Sinfónica de Alburquerque y, no sé si por ser compatriota y también exiliado, si por estar la ciudad del suroeste a un tiro de piedra de Los Ángeles, donde vivía Schoenberg, o vaya usted a saber por qué razón, el caso es que el compositor, consultando previamente con Koussevitzky, le concedió el estreno, gratuitamente (no olvidemos que ya estaba pagada por la Fundación), sin más “remuneración” que el que le enviaran un juego completo de particellas (las partituras que emplean cada uno de los miembros de la orquesta).
Evidentemente la partitura orquestal la suministró él mismo. Una partitura que transcribió su amigo, compatriota y director de orquesta René Leibowitz debido a la mala visión de un Schoenberg de 73 años.
René Leibowitz
Respecto a esta partitura cabe contar una pequeña anécdota indicativa del arisco carácter del compositor austriaco. Leibowitz escribió el final: “Partitura orquestal hecha por René Leibowitz – Hollywood, Diciembre 1947″. Schoenberg se enfadó mucho con esa frase, tachando la palabra “hecha”, para añadir debajo “Esta es una de las mentiras de Leibowizt. Él no hizo la partitura, sólo la copió”. Unos mantienen que Schoenberg no controlaba muy bien el idioma inglés, y que la palabra “hecha” le llevó a creer que su amigo quería decir que la compuso. No sé si es así, aunque sinceramente no creo que él no supiera el suficiente inglés como para ver la diferencia con su alemán natal. En todo caso, la reacción no deja de ser del todo exagerada.
La última página de la partitura orquestal manuscrita. En el recuadro, las notas de Leibowitz y Schoenberg (© Arnold Schoenberg Center, Viena / Herederos de Arnold Schönberg)
Dichas notas, ampliadas. Arriba, tachada, la de Leibowitz; abajo, la airada respuesta de Schoenberg (© Arnold Schönberg Center, Viena / Herederos de Arnold Schönberg)
Y llegó el día del estreno: el 4 de noviembre de 1948, en el Carlisle Gymnasium (Universidad de Alburquerque, NM), un edifico de estilo Pueblo Revival construido veinte años antes.
(foto de PerryPlanet)
Ese día, el programa del concierto incluía, además del estreno de la obra de Schoenberg, la orquestación realizada por Leopold Stokowski de la canción Come, Sweet Death de Johann Sebastian Bach, el Concierto para timbales de Jaromir Weinberger y la Sinfonía nº8 en fa mayor de Ludwig van Beethoven.
Ya he dicho alguna vez que el comienzo de una pieza es algo muy importante. Así que imagínense en las butacas del Carlisle Gymnasium en aquel año 1948, poco tiempo después de que el mundo descubriera el horror de los campos de concentración (y el peregrinaje del pueblo judío después de la conflagración mundial). La sala está en silencio. Kurt Frederick, el director, levanta sus brazos. Los músicos están preparados.
Arnold SCHOENBERG: Un superviviente de Varsovia (Comienzo) (MP3 – 00:15 – 172 KB)
Esta señal ascendente de la trompeta y el subsiguiente clima de intranquilidad, acentuado por el recuerdo de la guerra proporcionado por el redoble en la caja, capta inmediatamente la atención del oyente y le prepara para escuchar la historia que se desarrolla a continuación, una historia en la que la palabra tiene una importancia capital. Tanto que la obra no sólo requiere de una orquesta y un coro masculino, sino que también cuenta con la participación de un narrador (también un hombre; Sherman Smith en el estreno). Así que, antes de seguir, detengámonos un momento para averiguar qué nos cuenta el texto empleado.
A grandes rasgos, como el título refleja, es la historia de un superviviente del ghetto de Varsovia durante la Segunda Guerra Mundial, un hombre que se encuentra viviendo en las cloacas sin saber como llegó a ellas, que rememora cómo eran maltratados por los guardianes en el campo de concentración y, por último, comparte con nosotros su recuerdo más vivo: aquél en el que los prisioneros empezaron a cantar una antigua oración.
Es el narrador quien nos cuenta todo esto. Y nos lo cuenta en inglés, idioma comprensible por el público. Esto es muy importante: el narrador cuenta su experiencia a unos oyentes. Y lo hace en un idioma que lógicamente se relaciona con los Aliados, con la liberación y la libertad y, en el caso de Schoenberg, con su patria de acogida.
La narración está interpretada en el estilo de sprechstimme, que está situado entre medias de la declamación y el canto: el cantante sube y baja por la escala sin llegar a formar una melodía, aunque ateniéndose al ritmo indicado en la partitura. Aunque esta técnica apareció a finales del S.XIX, su mayoría de edad llegó con otra obra de Schoenberg: Pierrot Lunaire (1912). En el caso de Un Superviviente de Varsovia, el sprechstimme es más acusado que en Pierrot Lunaire, algo que podemos notar incluso gráficamente: mientras que en esta última obra Schoenberg representa los tonos en un pentagrama para la línea vocal como guía flexible para el cantante…
Extraído de “Pierrot Lunaire”
…en Un superviviente utiliza un pentagrama de una sola línea: sólo importan las inflexiones.
Extraído de “Un superviviente de Varsovia”
Schoenberg insistió mucho en la utilización de esta técnica, como demuestra su carta a René Leibowitz del 12/11/1948 (posterior al estreno):
Pero hay una cosa de la que creo muy necesario advertirte: [el texto de la obra] no debe ser ejecutado tan musicalmente como en otras de mis composiciones. No debe cantarse nunca, nunca debiera haber una entonación real. Sólo importa la forma de acentuarlo. Como dije: nunca cantarlo. Esto es muy importante, ya que el canto produce motivos y los motivos deben conducir a algo, los motivos conllevan obligaciones que no satisfaré.
¿Cuál es el motivo por el que Schoenberg sintió la necesidad de debilitar todavía más el sentido melódico de la voz? Yo creo que dar más fuerza al final de la obra (ya volveremos a esto en su momento).
Otro detalle que debemos tener en cuenta en el narrador es que nos transporta a un pasado a través de un recuerdo: el narrador está con nosotros, en el presente, y los hechos son pasados.
Bien, para resumir, el narrador emplea sprechstimme, utiliza el idioma inglés, idioma relacionado con la libertad, y nos narra un hecho pasado a través de sus recuerdos. Lo que dice es lo siguiente:
I cannot remember ev’rything.
I must have been unconscious most of the time.
I remember only the grandiose moment
when they all started to sing as if prearranged,
the old prayer they had neglected for so many years
the forgotten creed!
But I have no recollection how I got underground
to live in the sewers of Warsaw for so long a time.
La traducción viene a ser algo así como (disculpen los posibles errores):
No consigo recordar todo.
Debo haber estado inconsciente la mayor parte del tiempo.
Sólo recuerdo el grandioso momento
en que todos comenzaron a cantar como si hubiera estado planeado,
la antigua oración abandonada durante tantos años,
¡el credo olvidado!
Mas no me acuerdo de como llegué al subsuelo,
a vivir en las cloacas de Varsovia durante tanto tiempo.
Escuchemos ahora la primera estrofa del texto anterior. Fíjense especialmente en la enorme expresividad que el sprechstimme aporta al discurso:
Arnold SCHOENBERG: Un superviviente de Varsovia (Primera estrofa) (MP3 – 00:36 – 432 KB)
En medio de esta aparentemente caótica música, en el momento en que el narrador hace referencia al momento en que todos empiezan a cantar la oración (que todavía no sabemos cuál es), unas trompas entonan una salmodia. Para que puedan determinar mejor lo que tocan las trompas, primero aislémoslas en el siguiente ejemplo:
Arnold SCHOENBERG: Un superviviente de Varsovia (Trompa aislada) (MP3 – 00:18 – 212 KB)
Ahora intenten escucharlas en su contexto original, justo por detrás de la voz:
Arnold SCHOENBERG: Un superviviente de Varsovia (Entrada de la trompa) (MP3 – 00:14 – 172 KB)
Hasta aquí llega lo que podríamos llamar una especie de introducción de la obra. A partir de este momento el narrador explicará algunas de sus vivencias. Schoenberg cambia la música y la hace más nerviosa para reflejar el miedo de los prisioneros. Esto lo consigue de varias maneras: repentinos cambios dinámicos (esto es, de volumen), aumentado la densidad de la textura musical (más o menos líneas melódicas), empleando grandes saltos interválicos (notas graves seguidas de notas agudas muy alejadas o viceversa), haciendo surgir pequeños gestos melódicos, rompiendo cualquier cosa que pudiera llegar a estabilizar la música y utilizando más profusamente los instrumentos de metal.
En cuanto al texto, en él el narrador relata la rutina diaria de cuando estaba encerrado en un campo de concentración. Veamos el original y su traducción:
The day began as usual: Reveille when it still was dark.
Get out! Whether you slept or whether worries kept you awake the whole night.
You had been separated from your children, from your wife, from your parents;
you don’t know what happened to them how could you sleep?
The trumpets again –
Get out! The sergeant will be furious!
They came out; some very slow: the old ones, the sick ones;
some with nervous agility.
They fear the sergeant. They hurry as much as they can.
Su traducción:
El día comenzaba como siempre: Toque de diana cuando todavía no había amanecido.
¡Fuera! Tanto si habías dormido como si las preocupaciones te habían mantenido despierto toda la noche.
Te habían separado de tus hijos, de tu esposa, de tus padres;
no sabías qué les había pasado; ¿cómo podrías dormir?
Otra vez las trompetas –
¡Fuera! ¡El sargento se enfurecerá!
Salían; algunos muy lentamente: los ancianos, los enfermos;
algunos con nerviosa agilidad.
Tenían miedo del sargento. Se daban tanta prisa como podían.
Como ejemplo de esta sección escucharemos la primera estrofa. La ráfaga ascendente con la que la trompeta empezó la obra se repetirá aquí: es un violento y marcial motivo que nos permite conectar diferentes partes de la obra a la vez que nos recuerda la trágica situación del narrador. Y de que es una tragedia no cabe duda alguna porque Schoenberg se preocupa de apuntalar el sentimiento a través de la declamación del texto por parte del narrador, con estallidos que se elevan y restallan como latigazos. Quiero hacer especial hincapié en el final “how could you sleep?”, que es casi un grito agónico y deja al oyente temblando.
Arnold SCHOENBERG: Un superviviente de Varsovia (“The day began as usual…”) (MP3 – 00:23 – 276 KB)
Otra forma de provocar intranquilidad con la música la podemos escuchar en el nervioso fondo orquestal del siguiente extracto, que reproduce el momento en que los prisioneros comienzan a salir de los barracones.
Arnold SCHOENBERG: Un superviviente de Varsovia (“They came out…”) (MP3 – 00:08 – 105 KB)
La confusión que se produce a medida que salen los prisioneros va aumentando hasta que el sargento estalla, momento en el que el narrador se transforma en dicho personaje y comienza a hablar en alemán y a utilizar el tiempo verbal presente. Esto es importante. Recuerden que antes el narrador relataba sucesos del pasado y en inglés, el idioma ligado a la libertad: ahora emplea el idioma opresor, el alemán, y gracias a la utilización del tiempo presente consigue que el oyente se identifique con las víctimas, pues hace que la audiencia “crea” que el sargento se dirija a ella.
El sprechstimme se vuelve más punzante: las salvajes inflexiones y el alto volumen imitan las implacables órdenes del sargento.
El texto es el siguiente:
In vain! Much too much noise; much too much commotion – and not fast enough!
The Feldwebel shouts: “Achtung! Stillgestanden! Na wirds mal? Oder soll ich mit dem Jewehrkolben nachhelfen? Na jutt; wenn ihrs durchaus haben wollt!”
Su traducción:
¡En vano! Demasiado ruido; demasiado alboroto – ¡y no lo suficientemente rápido!
El Sargento grita: “¡Atención! ¡En pie! ¡Qué sucede! ¿Acaso tendré que ayudaros con la culata de mi rifle? ¡Oh, bien; si de verdad eso es lo que queréis!”
Arnold SCHOENBERG: Un superviviente de Varsovia (“Much too much…”) (MP3 – 00:18 – 271 KB)
Vuelve a hablar el narrador y, de nuevo en inglés, nos cuenta que el sargento y sus subordinados comienzan a golpear a los prisioneros. Da igual que sean jóvenes o ancianos, culpables o inocentes. Simplemente les golpean, haciendo que caigan al suelo. Si no podían volver a levantarse eran golpeados en la cabeza.
El narrador mismo sufrió tales golpes y quedó inconsciente a consecuencia de uno de ellos. No sabe cuánto tiempo permaneció en este estado y lo único que recuerda es a un soldado que decía que todos estaban muertos, por lo que el sargento ordena a los otros soldados que se deshagan de ellos.
En ese momento el narrador está en un estado de semiinconsciencia, atenazado por el dolor y el miedo. No olvidemos que la música que está presentado Schoenberg es programática, esto es, se ajusta a la descripción de una situación o sigue una argumento narrativo: sigue un programa. Así, si el narrador está semiinconsciente, la música se adecua a dicha situación: pocos sonidos, dispersos, un volumen bajo, notas apenas conexas y un tejido musical que parece que por momentos se deshace y se apaga.
I must have been unconscious. The next thing I knew was a soldier saying:
»They are all dead«,
whereupon the sergeant ordered to do away with us.
There I lay aside halfconscious.
It had become very still – fear and pain.
Debo de haber permanecido inconsciente. Lo siguiente que recuerdo es a un soldado diciendo:
“Están todos muertos”,
por lo que el sargento ordenó deshacerse de nosotros.
Allí yacía yo semiinconsciente.
Me había quedado muy quieto – miedo y pánico.
Arnold SCHOENBERG: Un superviviente de Varsovia (“I must have been unconscious…”) (MP3 – 00:38 – 442 KB)
El sargento les ordena numerarse y los prisioneros se ponen a ello. Pero en las condiciones en que están, doloridos, humillados y aterrorizados, se numeran muy lentamente y de forma arrítmica. Veamos esta numeración: sólo llegan hasta el 4, pero apreciarán esa falta de ritmo y la voz mecánica, apagada, desprovista de fuerzas, con que pronuncia los números.
Arnold SCHOENBERG: Un superviviente de Varsovia (“One, two, three, four…”) (MP3 – 00:04 – 43 KB)
Como es de esperar, esto no gusta al sargento, así que pide más velocidad. En su retorcida maldad les dice que quiere saber a cuántos va a mandar a la cámara de gas. Así que la numeración se acelera más y más hasta que las voces suenan como si fueran una estampida de caballos. Vamos a oír este fragmento entero: empieza con la numeración arrítmica, luego el sargento ordenando empezar de nuevo y luego los angustiados prisioneros contándose, primero muy lentamente (observen como el narrador estira las sílabas en este punto) y luego cada vez más rápidamente.
Then I heard the sergeant shouting: »Abzählen!«
They started slowly and irregularly: one, two, three, four
»Achtung!« the sergeant shouted again,
»Rascher! Nochmal von vorn anfangen!
In einer Minute will ich wissen,
wieviele ich zur Gaskammer abliefere!
Abzählen!»
They began again, first slowly: one, two, three, four,
became faster and faster, so fast
that it finally sounded like a stampede of wild horses,
Entonces oí al sargento gritar: “¡A numerarse!”
Y ellos empezaron lenta e irregularmente: uno, dos, tres, cuatro
“¡Alto!” gritó de nuevo el sargento,
“¡Más rápido! ¡Otra vez desde el principio!
¡En un minuto quiero saber
a cuántos enviaré a la cámara de gas!
¡A numerarse!”
Ellos empezaron de nuevo, primero lentamente: uno, dos, tres, cuatro,
luego más y más rápido, tan rápido
que al final sonada como una estampida de caballos salvajes,
Arnold SCHOENBERG: Un superviviente de Varsovia (“Then I heard the sergeant shouting…”) (MP3 – 00:57 – 668 KB)
He cortado abruptamente el final del fragmento anterior porque estamos a un segundo de entrar en el corazón de la obra, a su punto culminante, ya que de pronto, en el momento en que los prisioneros están corriendo en su numeración, conscientes de su terrible destino, comienzan todos a cantar una de las más importantes oraciones del rito judío: el Shema Yisroel. Si antes Schoenberg empleó el inglés y el alemán, ahora, para la oración utiliza el hebreo, y no en sprechstimme, sino en un canto coral (contrastando fuertemente con el sprechstimme anterior). Y en este momento la configuración temporal de la obra vuelve a cambiar. Recuerden: el narrador era el pasado recordado, el sargento transfiguraba ese pasado en presente y ahora la oración nos remite al pasado de la tradición, un pasado lejano. Resumiendo de nuevo: la oración final emplea el hebreo, el canto coral y nos remite al pasado de la tradición.
Musicalmente, el coral que nos presenta Schoenberg no es plácido y sereno, ya que la orquesta se encarga de no dejarnos olvidar las circunstancias en que los prisioneros se han puesto a cantar (se dirigen hacia la cámara de gas para morir) y esto hace que la música se impregne de urgencia y angustia. Pero dentro de este carácter nacido de circunstancias extremas y oscuros, el canto supone dos cosas: una esperanza en el más allá después de la muerte y un sentido de grupo, de unidad proporcionado por el binomio raza/religión (inseparable en este caso). Esto se trasluce en la coral a través del canto en unísono, con una única voz (y no polifónicamente, con varias). Por cierto, este unísono constituye en mi opinión otra forma de apuntalar la tradición, puesto que es algo arcaico en el sentido de que es indudable de que los primeros cantos seguro que fueron así y no con varias voces.
Arnold SCHOENBERG: Un superviviente de Varsovia (Shema Yisroel) (MP3 – 00:30 – 352 KB)
Pero esta oración esconde algunas cosas más. La primera de ellas… ¿recuerdan que al principio de la obra había una trompa entonando una salmodia por detrás del narrador justo en el momento en que hacía referencia por primera vez a la oración que minutos mas tarde íbamos a oír?
Arnold SCHOENBERG: Un superviviente de Varsovia (Entrada de la trompa) (MP3 – 00:14 – 172 KB)
Esa salmodia es precisamente el coro de los prisioneros. Al principio de la obra era sólo una referencia al futuro, una semilla plantada por Schoenberg en nuestro oído que ahora aparece en primer plano.
Arnold SCHOENBERG: Un superviviente de Varsovia (Shema Yisroel) (MP3 – 00:30 – 352 KB)
Otra cosa que es necesario apuntar tiene que ver con la fe religiosa del propio Schoenberg. Verán, éste había nacido en 1874 en el seno de una familia judía, pero en marzo de 1898 se convierte al cristianismo (más concretamente al protestantismo). Pero, claro, las raíces son las raíces y con Un Superviviente en Varsovia Schoenberg quería aprovechar para también hacer un especie de declaración religiosa a través del Shema Yisroel, una oración que se expresa para reforzar la fe. Schoenberg escribió:
En principio es una advertencia a todos los Judíos para que jamás olviden lo que nos hicieron… No deberíamos olvidarlo nuca… Para mí, el milagro que encierra esta historia e que toda esta gente que durante años habían olvidado que eran Judíos, de repente, enfrentados a la muerte, recordaron quienes eran
El hecho de que este grupo de personas se ponga a cantar una oración justo en su momento de más penuria no es algo sacado de la manga. En el libro The Warsaw Ghetto Revolt (Ed. Schocken, 1988), su autor, Reuben Ainzstein, cita a un tal Jakob Smakowski, combatiente de la revuelta polaca perteneciente a la Unión Militar Judía, que escribió en su diario (editado décadas después):
Los Judíos no lloraron, no gritaron, se enfrentaron a la muerte con dignidad. Entonces empezaron a cantar: “¡Shma Israel! ¡Nosotros, que vamos a morir, santificamos Tu nombre!”
No es la única declaración que testifica sobre dicha oración. Traduzco directamente del libro Jewish Identities (nationalism, racism, and utopianism in 20th century), de Klára Móricz:
En 1946 el psicólogo americano David P. Boder realizó una serie de entrevistas a 109 supervivientes del Holocausto en campos para personas desplazadas en diferentes países de Europa. Muchos hablaron de los frecuentes disparos de las SS. “¿Cómo se seleccionaba a la gente?”, preguntó Boder a un superviviente polaco, E. Kalman. “Al azar”, fue la respuesta de éste. “¿Decía algo la gente antes de que les dispararan?”, preguntó Boder. “Todo lo que oíamos era el ‘Shema Yisroel’, nada más”, respondió Kalman.
A pesar de la entonación del Shema Yisroel (afirmación en la fe para enfrentar la muerte), la obra no acaba con una de manera asertiva, ni mucho menos: hay un crescendo y luego, un acorde a modo de golpe orquestal final, pero es un acorde disonante que en absoluto suena a cierre. El grupo de prisioneros, a pesar de las penalidades y la oración, no dejarán de ser asesinados brutalmente y bien pudiera ser esa una interpretación de este final.
Arnold SCHOENBERG: Un superviviente de Varsovia (Final) (MP3 – 00:12 – 137 KB)
Y ahora volvamos a la discusión inicial sobre el asunto que tanto preocupaba a Adorno (por otra parte, uno de los mayores defensores de Schoenberg), que, simplificando, viene a preguntarse si se puede hacer Arte después de Auschwitz (aunque yo creo que la pregunta va encaminada a si se puede hace Arte con Auschwitz, más que después de Auschwitz). Mi opinión es que sí, se puede hacer, puesto que el Arte contiene un elemento de trascendencia que bien puede acomodarse para transmitir al público ciertas ideas. En este caso, el horror del Holocausto. Si el tema se trata con respeto y cuidado, no hay peligro de banalización, ni siquiera en el caso de que se quiera aplicar humor (como en el film La Vida es Bella). Eso sí, el autor debe ser consciente de que ciertos temas son delicados y que debe presentar sus ideas de forma clara y precisa, algo que creo que es más que evidente en el caso de Un Superviviente de Varsovia.
Adorno va más allá en su polémica e incluye en el debate el disfrute, el placer de oír, ver, leer un obra artística basada en sucesos horribles. ¿Cómo se pueden disfrutar obras nacidas del sufrimiento de la humanidad?. La clave a la que creo que debemos agarrarnos es un adjetivo: artístico. Así, debemos aclarar que es un goce meramente artístico, donde hemos separado el contenido formal del mensaje en sí. Lo que valoramos artísticamente es la forma en que las ideas se han expuesto y evolucionan, el modo en que nos afectan emocionalmente. Uno no puede simpatizar con los acontecimientos narrados a no ser que se sea una bestia o haya perdida gran parte de su humanidad (recordemos que son hechos que sucedieron realmente, no una invención). La opinión de Adorno creo que se apoya demasiado en la incapacidad de las personas para separar forma y contenido. Es como si pensáramos que si nos cae bien Dexter (el asesino en serie protagonista de la serie de TV del mismo nombre), entonces estamos de acuerdo en acuchillar a cualquiera que se nos ponga por delante. No creo que los humanos seamos tan tontos.
Un Superviviente en Varsovia demuestra que la música dodecafónica es capaz de emocionar tanto como el resto. Que por debajo de la racionalidad impuesta por el método compositivo dodecafónico y las armonías alejadas de lo que podríamos considerar “tradicional” (aunque en realidad la técnica schoenberiana evolucione de esa tradición), esta música es arte y, como tal, puede conectar directamente con las mentes y los corazones del público (y la cita de Schoenberg con que inicié este post es bastante clara al respecto). Cierto que la emoción pudiera no surgir durante la primera audición, sobre todo si se oye este tipo de música por primera vez, ya que el shock inicial a lo mejor no permite captar la calidad y profundidad de lo que se está oyendo. Bien, quizás sea necesario una segunda audición. Cito una crítica sobre el estreno que apareció ese mismo mes en la revista Time:
Primero la audiencia fue sacudida con un horrible y brutal estallido de los metales. Por debajo, la orquesta se agitaba en susurros y motivos inconexos iban y venían entre las cuerdas y las maderas como si fueran secretas conversaciones llenas de preocupación. El superviviente empezó su historia, en un tenso estilo medio hablado medio cantado denominado Sprechstimme. Las armonías se hacían cada vez más cruelmente disonantes. El coro crecía en un terrible crescendo. Entonces, a menos de diez minutos de su estallido inicial, todo terminó. Mientras la audiencia todavía estaba meditando sobre la pieza, el director Kurt Frederick la volvió a ejecutar de nuevo para darle otra oportunidad. Esta vez el público pareció entenderla mejor y los aplausos sonaron estruendosamente en el auditorio
Para terminar, aquí tienen una interpretación de la obra a cargo de la Orquesta Sinfónica de Bamberger (Alemania), dirigida por Horst Stein y con la narración de Hermann Prey.
